Bullying

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El acoso escolar, del inglés bullying, es un término que fue acuñado por el
noruego Dan Olweus. Este tipo de acoso se caracteriza por darse entre escolares.
Puede ser directo o indirecto. Generalmente se inicia en la preadolescencia y se
da en una relación de desequilibrio de poder, real o no, con intencionalidad, y
mediante la repetición. De esta forma, las consecuencias para la víctima son
devastadoras pues, aunque el acoso no sea visible, las secuelas emocionales del
maltrato se prolongan en el tiempo, así como las consecuencias del malestar, el
aislamiento, la indefensión, etc. En la actualidad está cobrando importancia el
estudio del cyberbullyng, pues se ha observado un incremento de la prevalencia
de jóvenes que sufren acoso a través de las nuevas tecnologías.

El fenómeno del acoso escolar se conoce en la actualidad mediante el término prestado del inglés, bullying. Consiste en cualquier forma de maltrato, ya sea psicológico, verbal o físico que se produce entre pares reiteradamente y durante un tiempo, tanto en el tiempo escolar, como a través de las redes sociales (esto se conoce como ciberacoso o ciberbullying). Este tipo de violencia es más frecuente en los centros escolares y es de tipo emocional. Se considera que en la dinámica del acoso están implicados los siguientes: el agresor, el agredido, el resto de compañeros, la propia escuela y las familias (la del agresor, la del agredido y las asociaciones de padres).

Se considera a Dan Olweus el padre del bullying, ya que es el mayor investigador acerca del tema y el responsable de acuñar este término. Sin embargo, también cabe mencionar a su antecesor, Heinemann (1969), que comenzó la designación de dicho fenómeno con el término mobbing[1]. Heinemann tomó la palabra mobbing de la etología, en concreto inspirado en el uso que hizo de ella Konrad Lorenz, pues describe el ataque colectivo de animales hacia otro animal u otras especies, que usualmente son más grandes y enemigos naturales del primer grupo. Sin embargo, este término no hacía justicia al fenómeno del acoso en las aulas, por lo que de “mobbing” se pasó al término anglosajón bullying.

Olweus (1986) define el bullying como “un estudiante es agredido o se convierte en víctima cuando está expuesto, de manera repetitiva y durante un tiempo, a acciones negativas por parte de uno o más alumnos”. Con la expresión “acciones negativas” hace referencia a cuando alguien, intencionadamente, causa un daño, hiere o incomoda a otra persona, es decir, agrede (Olweus, 1973). Las acciones negativas pueden llevarse a cabo mediante contacto físico, verbalmente o de otras maneras, como hacer muecas o gestos insultantes, e implican la exclusión intencionada del grupo. La agresión puede ser de un solo individuo o de un grupo, su

objetivo pueden ser uno o varios. Cabe distinguir entre el acoso directo (el que se ejerce como ataques abiertos) y el indirecto (que ocurre en forma de aislamiento social y de exclusión deliberada de un grupo, este es menos evidente y por lo tanto más difícil de detectar).

Por su parte, el Instituto de Innovación Educativa y Desarrollo Directivo define el bullying como un continuado y deliberado maltrato verbal y modal que recibe un niño por parte de otro u otros, los cuales se comportan con él de forma cruel con el objeto de someterle, amilanarle, intimidarle, amenazarle u obtener algo mediante el chantaje y que atentan contra la dignidad del niño y sus derechos fundamentales.

Según Olweus, el bullying se caracteriza por lo siguiente:

  • La intencionalidad: comportamiento agresivo o querer “hacer daño” intencionadamente.
  • La repetición: se lleva a término de forma repetitiva e incluso fuera del horario escolar.
  • La relación de desequilibrio: hay relación interpersonal que se caracteriza por un desequilibrio de poder o fuerza, real o percibido.

Características de la definición de bullying según Garaigordobil y Oñederra (2010):

Hay una víctima indefensa acosada por uno o varios agresores con intencionalidad mantenida de hacer daño, existe crueldad por hacer sufrir conscientemente.

Hay una desigualdad de poder —entre una víctima débil y uno o varios agresores más fuertes— física, psicológica o socialmente; debe existir una desigualdad de poder, desequilibrio de fuerzas, entre el más fuerte y el más débil; no hay equilibrio en cuanto a posibilidades de defensa, ni equilibrio físico, social o psicológico; es una situación desigual y de indefensión por parte de la víctima.

La conducta violenta del agresor contra su víctima se produce con periodicidad, la relación dominio-sumisión ha de ser persistente a lo largo del tiempo; la agresión supone un dolor no sólo en el momento del ataque, sino de forma sostenida, ya que crea la expectativa en la víctima de poder ser el blanco de futuros ataques.

El objetivo de la intimidación suele ser un solo alumno o alumna aunque también pueden ser varios, pero este caso se da con mucha menos frecuencia; la intimidación se puede ejercer en solitario o en grupo, pero se intimida a sujetos concretos[2].

[1] Del inglés mob= acosar. En la actualidad, se emplea el término mobbing para hacer referencia al acoso laboral.

[2] Véase que Garaigordobil y Oñederra añaden una cuarta característica con respecto a Olweus: la intimidación de la víctima.

 

Físico: consiste en la agresión directa contra el cuerpo (pegar, empujar, golpear
con objetos, etc.) o en la agresión indirecta dirigida contra la propiedad, que
causa daños materiales en los objetos personales de la víctima (robar, romper,
ensuciar, esconder objetos, etc.)
Verbal: es el más frecuente. Conductas verbales negativas que se traducen
en humillaciones, insultos, motes, menosprecios en público, propagación de
rumores falsos, llamadas o mensajes telefónicos ofensivos, lenguaje sexual
indecente, etc.
Psicológico: se realiza mediante amenazas para provocar miedo, lograr algún
objeto, dinero, o simplemente para obligar a la víctima a hacer cosas que no
quiere ni debe hacer. Consiste en reírse de la víctima, desvalorizarla, humillarla,
crearle temor, etc. No obstante es importante señalar que todas las formas de
bullying tienen un componente psicológico en cuanto a las repercusiones que
tiene.
Social: consiste en la exclusión y en el aislamiento progresivo de la víctima. Los
acosadores impiden a la víctima participar, como por ejemplo ignorando su
presencia y no contando con él o ella en las actividades normales entre amigos o
compañeros de clase.

Las conclusiones a las que se llega en el Informe del Defensor del Pueblo (2000), tras la revisión de numerosos estudios de diferentes países son las siguientes:

Por lo que respecta al género, los chicos siempre tienen una mayor participación en los incidentes de maltrato, tanto en el papel de agresores como en el de víctimas.

Las formas más usuales de abuso que llevan a cabo los chicos son la agresión verbal y la agresión física directa. Las chicas, por el contrario, realizan y son víctimas de más agresiones indirectas, sean de carácter verbal o social, como por ejemplo: hablar mal de otro o excluirle.

Los problemas de violencia disminuyen progresivamente a medida que avanzan los cursos y por tanto aumenta la edad. El momento de mayor incidencia del problema se sitúa entre los 11 y los 14 años de edad, y disminuye a partir de aquí. Afirma Bean (2006) que el acoso comienza en el segundo ciclo de la educación infantil y que parece alcanzar su punto álgido durante el final de la educación primaria y el inicio de la secundaria, y decrece en el último tramo de ésta. […] Los bullies[1] no dejan de ser acosadores cuando crecen. Debe enseñárseles mejores formas de relacionarse con las demás personas. El estudio de Whitney y Smith (1993) concluyó que se produce un descenso claro del número de víctimas con el aumento de la edad (cuando se comparan los centros de educación primaria con los de secundaria). También se produce un descenso importante en el número de agresores a lo largo de secundaria. Los autores de la mayoría de los actos de victimización eran realizados por compañeros del mismo curso y grupo, aunque en algunos fueran compañeros de cursos superiores. Las modalidades de maltrato más frecuentes sufridas por los chicos y chicas de 12 a 16 años fueron las siguientes: motes, agresión física, amenazas, rumores, insultos racistas y aislamiento social.

Las formas más comunes de maltrato son, en primer lugar, la de tipo verbal (insultos, motes), seguida del abuso físico (peleas, golpes, etc.) y el maltrato por aislamiento social (ignorar, rechazar, no dejar participar), aunque esta última modalidad de maltrato no siempre ha sido muy estudiada en los estudios revisados, ya que el estudio pionero de Olweus, modelo de la mayoría de estudios ulteriores, no la incluía. Los caso de amenazas con armas y acoso sexual son muy raros en todos los estudios.

Por lo que respecta a los lugares donde ocurren los episodios de abuso, éstos varían dependiendo del curso en que se encuentren los estudiantes. Mientras que, en general, en los niveles de educación primaria el espacio de mayor riesgo es el recreo, en el nivel de secundaria se diversifican los lugares de riesgo y suben los índices de abusos en los pasillos y en las aulas.

Según el estudio de Cerezo (2001), con respecto al perfil de los agresores se puede afirmar que “junto a algunos aspectos de tipo físico como el ser varón (en una proporción de tres a uno) y poseer una condición física fuerte, estos jóvenes establecen una dinámica relacional agresiva y generalmente violenta con aquellos que consideran débiles y cobardes. Se consideran líderes y sinceros, muestran una alta autoestima y considerable asertividad, rayando en ocasiones con la provocación. En cuanto a las variables de personalidad, encontramos que suelen presentar algunas dimensiones de personalidad específicas: elevado nivel de Psicoticismo, Extraversión y Sinceridad, junto a un nivel medio de Neuroticismo.”

Con respecto a la víctima, el estudio de Cerezo (2001) concluyó que “suelen ser el blanco de los ataques hostiles sin mediar provocación, por el contrario, muestran rasgos específicos significativamente diferentes, incluyendo un aspecto físico destacable: su complexión débil, acompañada, en ocasiones, de algún tipo de hándicap. Viven sus relaciones interpersonales con un alto grado de timidez que, en ocasiones, les llevan al retraimiento y aislamiento social. Se autoevalúan poco sinceros, es decir, muestran una considerable tendencia al disimulo. Entre los rasgos de personalidad destacan con altos niveles de Ansiedad e Introversión, justo alcanzando valores opuestos a los agresores”.

Según Olweus hay dos tipos de víctimas:

Víctimas pasivas o sometidas: son el tipo más común de víctimas y presentan normalmente alguna de las siguientes características: son prudentes, sensibles, callados, apartados y tímidos; son inquietos, inseguros, tristes y tienen baja autoestima; son depresivos y se embarcan en ideas suicidas mucho más a menudo que sus compañeros; a menudo no tienen ni un solo buen amigo y se relacionan mejor con los adultos que con sus compañeros; en el caso de los chicos, a menudo, son más débiles que sus compañeros.

Las víctimas provocadoras o acosador-víctima se caracterizan por lo siguiente: siguen una combinación de patrones de inquietud y de reacciones agresivas; tienen a menudo problemas de concentración y pueden tener dificultades lectoras y de escritura; se comportan de forma que pueden causar irritación y tensión a su alrededor. Algunos de estos estudiantes pueden ser hiperactivos; no es infrecuente que su actitud sea provocadora frente a muchos de los demás estudiantes, lo que trae como resultado reacciones negativas no sólo por parte de una gran parte del alumnado sino de toda la clase.

Los acosadores:

Los acosadores tienden a mostrar algunas de estas características: una fuerte necesidad de dominar y someter a otros compañeros y salirse siempre con la suya, impulsividad y enfado fácil, poca solidaridad con los compañeros victimizados, a menudo son desafiantes y agresivos hacia los adultos (incluyendo a sus padres y al profesorado), a menudo están involucrados en actividades antisociales y delictivas como puedan ser el vandalismo, la delincuencia y/o la drogadicción[2], en el caso de los chicos a menudo son más fuertes que los de su edad y, en particular, que sus víctimas.

Existe un tipo de acosadores denominados “los blancos-autores” que se caracterizan por ser estudiantes que sufren o han sufrido bullying y más tarde lo ejercen, tras un tiempo en el que han sido víctima pasan a agredir. A menudo practican agresiones más graves que las que ellos han sufrido.

Testigos-espectador (del inglés bystander): son estudiantes que no sufren ni practican el bullying, sino que tienen un role de espectador, conviven en un ambiente donde eso ocurre, no denuncian por miedo a ser las próximas víctimas, con frecuencia se sienten temerosos, pueden vivir las agresiones que presencian de forma angustiosa.

Olweus (citado por el Informe del Defensor del Pueblo, 2010, p.20) consideraba que la falta de apoyo de los compañeros hacia las víctimas, frecuente en esos procesos, es resultado de la influencia que los agresores ejercen sobre los demás, en la línea de lo que algunos estudios han demostrado respecto a que tanto adultos como jóvenes se comportan de forma agresiva después de observar un acto de agresión. En el caso del maltrato entre iguales, se produce un contagio social que inhibe la ayuda e incluso fomenta la participación en los actos intimidatorios por parte del resto de los compañeros que conocen el problema, aunque no hayan sido protagonistas inicialmente del mismo. Este factor es esencial para entender la regularidad con la que actos de esta índole pueden producirse bajo el conocimiento de un número importante de observadores que, en general, son los compañeros y no los adultos del entorno de los escolares. En otros casos, se ha demostrado que es el miedo a ser incluido dentro del círculo de victimización y convertirse también en blanco de agresiones lo que impide que alumnos que sienten que deberían hacer algo actúen.

[1] Del inglés: agresores

[2] Un 60% de los niños que participan en conductas de acoso cometerá un delito antes de los 24 años, y un 35% cometerá tres, según los estudios longitudinales llevados a cabo por Olweus (2003).

 

Bull-S de Fuensanta Cerezo

La evaluación del bullying debe abarcar a ambos protagonistas e incluir aspectos socio-afectivos del conjunto de grupo de iguales. Asimismo, debe encaminarse a recabar información sobre los aspectos personales del sujeto: resultados académicos, nivel de indefensión, entornos familiar y escolar. El test Bull-S (Cerezo, 2000) es un ejemplo para la medida de la agresividad social entre escolares. El objetivo fundamental es aportar elementos para el análisis de las características socio-afectivas del grupo de iguales, facilitar la detección de situaciones de abuso y aportar información oportuna para la intervención. Presenta dos formas:

Forma P para profesores.  Consta de diez ítems y su objetivo es conocer el grado de coincidencia con la percepción de los alumnos.

Forma A para alumnos. Consta de quince ítems que se agrupan en tres categorías: estructura socioafectiva del grupo, dinámica bullying, y una tercera que recoge elementos descriptivos como la forma de agresión, la frecuencia, el lugar donde sucede y la atribución de gravedad por parte de los alumnos. Desde segundo curso de primaria hasta la edad adulta. La duración es de 25 a 35 minutos aproximadamente.

Bullying/Victim Questionnaire (BVQ) (Olweus, 1999).

Contiene cuarenta y dos reactivos que indagan sobre la frecuencia de las agresiones recibidas y ejercidas hacia otros, así como sobre el lugar donde ocurren y las reacciones ante la denuncia. El BVQ Ha dado lugar, entre otros al desarrollo del cuestionario de Ortega, Mora y Mora-Merchán (1995).

Cuestionario sobre intimidación y maltrato entre iguales (Ortega et al., 1995).

Esta prueba está estructurada en cuatro grandes bloques: a) Autopercepción de la convivencia escolar; b) Autopercepción como víctima de otros; c) Autopercepción del abuso hacia compañeros/compañeras; d) Tipos de abusos, lugares en que se producen, características de los agresores y de las víctimas y actitudes ante la violencia entre iguales en el centro escolar.

Peer relation questionnaire (PRQ) (Rigby y Slee, 1993).

Consta de veinte reactivos: seis referentes a la tendencia a ser agresor, seis a la tendencia a ser víctima, cuatro evalúan la conducta pro-social y cuatro son reactivos neutros.

Participant Role Questionnaire (Salmivalli, 1998).

Consta de veintitrés preguntas. Está diseñado para que cada alumno se autoevalúe y evalúe a sus compañeros en lo que se refiere a la conducta manifestada en situaciones de bullying. Divide las conductas en cinco escalas: agresor, asistente del agresor, reforzador del agresor, defensor de la víctima y espectador. También se ha utilizado como formato autoreporte.

CIMEI –Cuestionario sobre Intimidación y Maltrato Entre Iguales- (Avilés, 1999).

El CIMEI es un Cuestionario sobre la Intimidación y Maltrato entre Iguales y se emplea para medir las situaciones de bullying. Consta de 36 ítems de opción múltiple. Está concebido a partir de seis dimensiones teóricas que exploran: aspectos situacionales del alumnado (siete ítems), condiciones del perfil de las víctimas (siete ítems), aspectos situacionales de las intimidaciones (cinco ítems), condiciones del perfil de los agresores y agresoras (siete ítems), condiciones del perfil de los espectadores y espectadoras (cuatro ítems) y propuestas de solución (tres ítems).

PRECONCIMEI (Avilés, 2013).

Se trata de autoinformes inspirados en los cuestionarios de Olweus que analizan el fenómeno del bullying de manera abreviada en tres formas: una para el profesorado, otra para el alumnado y otra para las familias.

Test AVE (Acoso y Violencia Escolar).

Piñuel y Zabala y Oñate Cantero son los responsables del desarrollo de esta prueba autoevaluativa de la violencia y del acoso psicológico y físico en el entorno escolar, así como sus daños asociados. Consta de 94 proposiciones organizadas en dos partes y a las que hay que responder con arreglo a dos elementos: la frecuencia de incidencia de comportamientos de acoso y violencia y la incidencia o no de sintomatología de daño psicológico. Proporciona catorce dimensiones de acoso y ocho clínicas.

El cyberbullying mantiene las características propias del acoso escolar tradicional en sus tres roles de agresor, víctima y espectador, por lo que se considera una nueva forma de bullying pero con matices novedosos, conferidos por los nuevos medios técnicos puestos a disposición de nuestros jóvenes. Ortega, R., Calamaestra, J. y Mora-Merchán, J. (2008) observaron tras su investigación que el sentirse acosado cibernéticamente provoca mayor inseguridad a la víctima, pues no hay lugares seguros en los que sentirse a salvo, por lo que vive bajo un riesgo constante de agresión. Del mismo modo, y debido al medio por el que se realiza la agresión, ésta puede ser observada por una gran cantidad de espectadores, un número indefinido de veces, lo que hace que el daño potencial de la agresión permanezca en el tiempo, ampliando los efectos esperados como consecuencia  de la misma. Por otra parte, existe un gran número de víctimas que nunca conocerá a sus agresores debido al anonimato que caracteriza este tipo de actuaciones.

Según Kowalski, R., Limber, S. y Agatston, P. (2010), se pueden identificar ocho tipos de acoso cibernético: insultos electrónicos, hostigamiento,  denigración, suplantación, desvelamiento y sonsacamiento, exclusión, ciberpersecución y “paliza feliz”.

Cuál es la causa del bullying.

El informe del Defensor del Pueblo (2010) afirma que “la violencia que se produce en los centros escolares no puede explicarse sólo por las características del agresor, de la víctima o del propio contexto escolar”. Sin embargo, las teorías contextuales o ecológicas (Bronfenbrenner, 1979, 1997) defienden que el abuso de poder entre iguales es el resultado de la interacción compleja entre estos y otros factores que surgen de los distintos contextos en que el  individuo  vive, desde los más próximos (por ejemplo: la familia, la escuela, el grupo de amigos, medios de comunicación) hasta los más lejanos (recursos educativos, culturales  y económicos). Sin embargo no debe olvidarse la influencia de los valores que imperan en cada cultura referidos a las relaciones personales y, en particular, en  el medio escolar, entre compañeros y compañeras (Defensor del Pueblo, 2010).

Rigby (2004) afirma que este tipo de agresión, el bullying es producto de  la interacción de factores individuales como los descritos en relación a las características personales de los implicados. Dichos factores se ven favorecidos por factores sociales referidos a la construcción social del género, la ambivalencia de poder entre los estudiantes y las dinámicas sociales que tienen lugar dentro del grupo de iguales.

La intervención puede ser individual (implica trabajar con la víctima para enseñarle estrategias de afrontamiento, empatía, asertividad, resolución de conflictos, etc.), mediante sistemas de apoyo y mediación de pares (son programas que consisten en modos de insertar a los iguales como partes integrantes de la intervención, a través de mediación, grupos de ayuda de pares, tutores, etc.) y programas en la totalidad del colegio[1] (los cuales implican reformular una parte importante del centro educacional para generar una cultura de solidaridad, respeto y buen trato. Este último opera a nivel de toma de conciencia de la situación de convivencia y de violencia en el colegio, en las aulas y en las familias).

Modelo de intervención en las conductas de intimidación entre escolares (Olweus, 1993).

Se basa en el pensamiento colectivo, las medidas de atención dentro del centro, las medidas de aula y las medidas individuales.

Proyecto Sheffield (Smith y Sharp, 1994).

Se trata de la creación de un reglamento de centro (Whole school policy) contra los abusos entre iguales, la obtención de datos fiables sobre el estado de la cuestión en cada centro, la introducción de estrategias curriculares facilitadoras del tratamiento del problema.

Para el trabajo directo con alumnos en conflicto se intenta favorecer el tratamiento individualizado tanto de la víctima como del agresor, para ello se hace uso de lo siguiente:

— Método Pikas (para agresores).

— Programa de asertividad (para víctimas).

— El método de no inculpación (para el conjunto de agresores y víctimas).

— Alumnos consejeros (para favorecer la comunicación entre alumnos).

— Tribunales de alumnos en caso de maltrato (los alumnos enjuician al agresor).

La mejora de las condiciones de supervisión del recreo.

En España, surgieron a raíz del modelo Sheffield los Proyectos SAVE (Sevilla Antiviolencia Escolar), ANDAVE (Proyecto Andalucía Antiviolencia Escolar) (Ortega, 1997, 1999) y “Convivir es vivir” (Dirección Provincial de Madrid, 1997).

[1] whole school approach

Víctimas: afecta gravemente el desarrollo de su personalidad. Sufren daño físico, psicológico y moral. Disminución de su autoestima, sentimientos de miedo, vergüenza y debilidad. Baja el rendimiento académico.

Agresor: les hace creer que gozan de impunidad ante hechos inmorales y destruye sus posibilidades de integración social. Existe relación con problemas de salud mental en la adolescencia y conductas delictuales en la vida adulta.

El resto de los escolares: como espectadores conviven en un ambiente de temor e injusticia y terminan creyendo en la “ley del más fuerte”.

Profesorado: dificulta la labor educativa, genera problemas de indisciplina y produce desánimo e impotencia entre los docentes cuando no se cuenta con herramientas para enfrentar el problema. En cuanto a la comunidad educativa, la convivencia escolar se ve afectada de forma negativa.

http://www.fundeu.es/recomendacion/bullying-es-acoso-escolar-783/

 

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