Delincuencia infantil

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Generalmente, la delincuencia infantil es un fenómeno poco tratado por la literatura criminológica, proporcionando más énfasis a la delincuencia juvenil. Desde un punto de vista jurídico penal, cuando hablamos de delincuencia infantil hacemos referencia a aquellos menores de 14 años, los cuales son exentos de ser responsables penalmente por delitos o faltas tipificados en el Código Penal. Aunque los criterios de justificación de esta delimitación de edad ha sido objeto de diversos debates político-criminales, la evidencia empírica ha demostrado que los delitos cometido por estos menores no son menos leves que los de los adultos.

Para prevenir la delincuencia infantil adquiere especial importancia la detección de factores de riesgo en la etapa temprana que suponen un riesgo para el futuro desarrollo de conductas antisociales en la etapa de la adolescencia o adulta.

Niños de la comuna 13, Medellín (Colombia)

En la actualidad, son varios los estudios los que han indicado una correlación entre el comportamiento agresivo y antisocial de los niños con el desarrollo posterior en la adolescencia y en la vida adulta (Ayala et al., 2002). No obstante, son escasos los estudios que desarrollen específicamente este fenómeno, prestando más énfasis en la delincuencia juvenil. Hablamos de delincuencia infantil, y no de criminalidad infantil, ya que no únicamente se abarcan comportamientos contemplados en las normas jurídicas, sino también aquellas normas que contemplan la vida colectiva, comprendiendo las normas sociales y culturales. Hablamos de conductas no constitutivas de infracciones penales pero que interesan a nuestra disciplina en cuanto a factores y situaciones criminógenas o conductas asociadas a los delitos

Hay que destacar la delimitación de la edad establecida por el legislador, ya que resulta una pieza clave para diferenciar los conceptos de delincuencia infantil y delincuencia juvenil. Se trata de una cuestión de suma importancia, y objeto de política criminal, a la hora de delimitar tales conceptos. Siguiendo a Schneider, se entiende por delincuencia infantil y juvenil, en sentido estricto, aquellos comportamientos que denominarían delito en el sentido jurídico-penal, si hubiera sido cometido por un adulto.

Desde una perspectiva jurídico penal, y tal y como se establece en la Ley 5/2000 reguladora de la responsabilidad penal del menor, “cuando el autor de los hechos mencionados en los artículos anteriores sea menor de catorce años, no se le exigirá responsabilidad con arreglo a la presente Ley, sino que se le aplicará lo dispuesto en las normas sobre protección de menores previstas en el Código Civil y demás disposiciones vigentes. El Ministerio Fiscal deberá remitir a la entidad pública de protección de menores testimonio de los particulares que considere precisos respecto al menor, a fin de valorar su situación, y dicha entidad habrá de promover las medidas de protección adecuadas a las circunstancias de aquél conforme a los dispuesto en la Ley Orgánica 1/1996, de 15 de enero” (BOE nº 11 de 12-1-2000, en adelante LORPM). Por otro lado, el RD 1774/2004, de 30 de julio, porque el que se aprueba el Reglamento de la LO 5/2000, aclara en su artículo 8.7 que cuando se remite un menor desde las instancias jurisdiccionales a las instancias de protección “será dicha entidad la competente para valorar la situación y decidir si se ha de adoptar alguna medida conforme a las normas del Código Civil y la legislación de protección de menores”. Con lo cual, serán las instituciones de Protección de la Infancia quienes tendrán la última palabra acerca de si es necesario o no intervenir (Bernuz et al., 2006).

En este sentido, se entiende porl delincuente infantil aquél menor de catorce años, el cual no puede ser responsable penal por la comisión de hechos tipificados como delitos o faltas en el Código Penal o en las leyes especiales, aunque ello no significa que puedan ser objeto de una intervención educativa intensiva si es necesario. La determinación de este límite de edad, catorce años, ha suscitado serios debates acerca de su justificación. A pesar de que la investigación criminológica evidencie lo contrario, el legislador del año 2000 justificó esta decisión basándose en que los delitos cometidos por menores de catorce años eran poco graves, tratándose de una delincuencia relativamente escasa. Además, manifestó que a través de una intervención familiar y los servicios de Protección de la Infancia era suficiente para dar respuesta a estos menores (Bernuz et al., 2006). Por el contrario, un estudio realizado en Castilla-La Mancha en el año 2000 concluyó que los menores de 12 y 13 años cometían delitos contra el patrimonio en un 56,8% de los casos, y en un 24,6% delitos contra las personas. Así, observaron que los menores de edad, entendiendo aquellos menores de catorce años, no cometen delitos menos leves que los de mayor de edad, sino todo lo contrario. Su participación era mayoritariamente en delitos violentos. Otro dato interesante es la reincidencia que presentan estos menores, no refiriéndonos a la definición clásica establecida en el Código Penal (artículo 22), sino en la constancia de que el menor ha estado implicado como autor en algún otro expediente que obre la Fiscalía.

En el presente estudio se llegó a evidenciar que el comportamiento de algunos menores de este grupo de edad revelaba que muchos de ellos podrían estar en el inicio precoz de una carrera delictiva. (Rechea et al., 2000). De hecho, como ya señalaron Farrington et al., los menores que comienzan a delinquir a una edad muy temprana son los que tienen peor pronóstico y los que necesitan una intervención inmediata. (Bernuz et al., 2006).

Con todo esto, para una mayor comprensión del fenómeno de la delincuencia infantil se realizará un breve análisis de los principales factores de riesgo que pueden incidir en el desarrollo de conductas antisociales tempranas. La criminología evolutiva presenta especial interés en la identificación de factores de riesgo presentes en la infancia y durante el embarazo, ya que el tratamiento de éstos podría conducir a una reducción de la delincuencia. La criminología evolutiva destaca que la conducta criminal y la conducta prosocial están condicionadas por patrones conductuales y cognitivos que han sido adquiridos durante el desarrollo personal individual, en las etapas tempranas: infancia y adolescencia (Medina, 2011).

Además, en la actualidad hay una creciente preocupación por el comportamiento humano por comprender el desarrollo y evolución de la conducta agresiva (Ayala et al., 2002). Ya que se ha podido determinar un incremento en la incidencia de la conducta agresiva y antisocial en los niños y adolescentes, así como una gran participación de los menores de edad en delitos como por ejemplo robo, venta de drogas, entre otros, tanto en países desarrollados como en aquellos en vías de desarrollo (Ayala et al., 2002).

Siguiendo a Tremblay y Japel (2003), asumen que los niños que no han aprendido a controlar su conducta problemática y agresiva en el momento en que llegan a la edad escolar entran en un círculo vicioso de interacciones negativas con sus pares y sus respectivos maestros/as que conlleva a una estabilización de la conducta problemática y agresiva (Tremblay et al., 2003). De hecho, tal y como se ha señalado con anterioridad, son diversos los estudios los que indican que los niños más problemáticos son los que presentan un mayor riesgo de que en la adolescencia y en la vida adulta realicen conductas desviadas. A ello, hay que añadir que, según Tremblay y Japel “la mayor frecuencia de actos agresivos durante la vida de los individuos se alcana a la edad de dos años, y no durante los últimos años de la adolescencia como muchos piensan. A partir de ese momento la frecuencia de la agresión física disminuye, lo que, en opinión de estos autores, es indicativo del hecho de que los humanos aprenden a controlar el uso de la conducta de agresión física antes de alcanzar la edad escolar” (Medina, 2011).

Es por ello que muchos de los investigadores destacan la necesidad de intervenir en edades tempranas para intervenir con los patrones de comportamiento que suponen un riesgo para el futuro desarrollo de conductas antisociales o delictivas, y evitar que estos se estabilicen. Ello evitaría que los niños que presentan factores de riesgo a edades tempranas se convirtieran en delincuentes crónicos o serios. Además, existe evidencia de que la intervención tardía de problemas de conducta antisocial se hace más difícil a medida que los niños crecen. Con lo cual, aunque no es determinante, el factor edad es un factor modulador de la delincuencia. Muchos delincuentes inician sus carreras delictivas a edad muy tempranas, aunque muchos otros las abandonan con el paso del tiempo. Según Garrido, Redondo y Stangeland, entre 1 y 5 años aparecen en los niños las primeras conductas socialmente desaprobadas, como pueden ser incidentes en casa, rabietas, agresión a los hermanos o algún pequeño robo en el hogar. A partir de la escolarización y hasta os 12 años disminuyen las conductas desaprobadas por los adultos (Garrido et al., 2001).

En el contexto de la criminología, los factores de riesgo de la delincuencia identificados por medio de estudios longitudinales son diversos y suelen clasificarse en función del contexto que afectan (Medina, 2011). No obstante, hay que comprender antes de adentrarnos a ello, que los factores de riesgo no influyen de igual manera a todos los individuos, sino que dependerá del tipo de conducta delictiva que se trate, pero sobretodo del sexo y edad en la que estos aparezcan. Según Farrington, la influencia que ejercen los factores de riesgo será mayor o menor en función de edad en la que aparezcan por primera vez.

Siguiendo a Medina (2011), se pueden distinguir las siguientes categorías de factores de riesgo. Por un lado, en el contexto individual se incluyen todos aquellos factores que son inherentes a la persona, relacionado con las características biológicas y psicológicas del sujeto. Hablamos de factores como el nivel bajo de inteligencia, procesamientos cognitivos tendenciosos, baja empatía y un nivel alto de impulsividad. Por otro lado, en el contexto familiar los factores más destacados en las investigaciones son la criminalidad de los padres; los métodos de crianza empleados, como puede ser una supervisión y disciplina pobre, frialdad y rechazo, o bien una escasa participación paternal; abuso infantil o abandono. En el contexto escolar también se pueden detectar algunos factores de riesgo como son el logro y rendimiento (o fracaso) escolar, la motivación que presenta el menor referente a la escuela y la relación que tiene con la escuela, el absentismo escolar, la calidad y otros aspectos ecológicos de la escuela. Finalmente, en el contexto social engloba factores como las condiciones de pobreza, desorganización social, o existencia de grupos desviados (Medina, 2011).

Antes de adentrarnos a un desarrollo más exhaustivo de cada factor, es menester destacar que según Lipsey y Derzon factores como el haber cometido un delito y el haber consumido alcohol o drogas en el periodo de los 6 a los 11 años, supone un potente predictor para el desarrollo posterior de una carrera delictiva. Por el contrario, a la edad de 12 a 14 años adquiere más relevancia los factores como la falta de vínculos sociales y el relacionarse con un grupo de amigos antisociales (Garrido et al., 2001).

Factores individuales

Referente a los factores de riesgo individuales, Farrington es uno de los autores destacados en esta temática. Éste era partidario de que las actitudes infractoras, como otro tipo de comportamientos, incrementan de la interacción entre la persona individual y el entorno.

En primer lugar, hay que tener en consideración que las diferencias individuales en el potencial criminal son relativamente estables con el paso del tiempo i en los diferentes entornos. Farrington distingue entre dos tipos de comportamiento criminal: el de largo plazo y el de corto plazo. Mientras que el primero se puede ver influenciado por factores biológicos, individuales, familiares, escolares, comunitarios, sociales y de amistad; por el contrario, el potencial criminal a corto plazo, se ve influenciado por sucesos situacionales como pueden ser, ser insultado o estar frustrado, o por la percepción de una oportunidad que lo tiente a delinquir (Farrington, 2007)

De hecho, tal y como el metanálisis de Mark Lipsey y James Derzon demostró, los factores individuales que pueden derivar en comportamiento delictivo son: la baja inteligencia y las bajas expectativas, la personalidad y el temperamento, la empatía y la impulsividad.

En relación al nivel bajo de inteligencia y rendimiento del menor, sabemos que la inteligencia normalmente esta medida a través de los resultados de los IQ Tests. El cuoficiente de inteligencia indica la relación entre la edad mental de un niño i la edad real. Así, muchos de estos tests miden la habilidad de manipular conceptos abstractos y tienen la función de predecir el éxito o el fracaso en la escuela en un futuro.

 

Farrington refiere que la baja inteligencia es un predictor importante de la delincuencia, i puede ser medido desde muy pequeños, tal y como lo demuestran diversos experimentos que se han realizado. Por ejemplo, en un estudio longitudinal prospectivo sobre 120 chicos de Estocolmo, Hakan Stattin e Ingrid Klackenberg-Larssin (1993) informaron que la baja inteligencia detectada a los 3 años predecía significativamente una continuación hasta los 30 años de edad. En otro estudio realizado por Cambridge, un tercio de los chicos que obtuvieron como resultado 90 o menos en el test de inteligencia, a la edad 8-10 años fueron condenados por el Tribunal de Menores, el doble que el resto de compañeros. Asimismo, refirieron que la baja inteligencia no verbal estaba altamente relacionada con baja inteligencia verbal y con pocas expectativas a la edad de 11 años (Farrington, 2007)

Con lo cual, la baja inteligencia y las pocas expectativas son características predictivas de condenas, tanto en la etapa juvenil como en la adulta. Además, la relación entre delincuencia e inteligencia puede encontrarse en la habilidad de manipular conceptos abstractos. Partiendo de esto, esta característica puede conllevar poca habilidad para predecir las consecuencias del delito y apreciar los sentimientos de las víctimas. Determinados antecedentes familiares son menos propicios que otros en el desarrollo del razonamiento abstracto. Por ejemplo, las familias más pobres tendían a vivir el presente, sin apenas pensar en el futuro.

Finalmente, son muchos los autores los que sostienen que los IQ tests están diseñados para medir la habilidad para tener éxito en la escuela, que, a pesar de ser un concepto diferente de la inteligencia, muchas teorías relacionan los fracasos escolares con la delincuencia. De la misma manera, un nivel de inteligencia alto puede ser un factor protector.

 

En relación a la personalidad, se trata de la persistencia de unas tendencias que una persona tiene para responder de determinada manera ante una situación concreta. Algunos rasgos de personalidad son la impulsividad, la búsqueda de excitación, la asertividad, la modestia, el sentido del deber, entre otros.

El estudio más importante sobre la personalidad fue realizado por el psicólogo británico Hans Eysenck que asumía la conducta criminal como natural, incluso racional. Al mismo tiempo, asumía que algunos actos delictivos como los robos, la violencia o el vandalismo eran beneficiosos por el delincuente y que por eso, los llevaban a cabo. Por el contrario, sugería que el hecho de que no todos fuéramos criminales, era debido a la consciencia, la cual se adoptaba durante el crecimiento de una persona. De tal manera que las personas que cometían delitos eran personas que no habían tenido las condiciones necesarias para desarrollar una fuerte consciencia (Farrington, 2007). Las condiciones pobres están relacionadas con tres dimensiones, según Eysenck: personalidad extrovertida (E), personalidad neurótica (N) y personalidad psicótica (P). De forma breve, éste autor refería que las personas que tenían unas dimensiones de P, tenderían a ser delincuentes, porque las características incluidas en la definición de una persona psicótica son típicas de criminales. También afirmó que había relación entre la impulsividad y la delincuencia.

No obstante, desde 1990 el sistema de personalidad más aceptado ha sido el “Big Five” o modelo de los 5 factores, desarrollado por Robert Mc Crae y Paul Costa. Este modelo sugiere que hay 5 dimensiones de personalidad: personalidad neurótica (N), personalidad extrovertida (E), personalidad franca (O), personalidad agradable (A) y personalidad meticulosa (C). Así, la personalidad franca y la meticulosa parecen estar relacionadas con la inteligencia o al menos con la inteligencia emocional. Asimismo, estos autores indicaron que estos factores eran biológicos, independientes de las influencias del entorno.

Referente al temperamento, son diversos los estudios los que han demostrado que el tener un temperamento difícil a la edad de entre 3-4 años (frecuente irritabilidad, baja docilidad y adaptabilidad, hábitos irregulares, entre otros) predecía una adaptación precaria a la edad de entre 17-24 años (Farrington, 2007). Por ejemplo, según los resultados obtenidos por Ann Sanson y sus compañeros (1993) en el Proyecto de temperamento en Australia, encontraron que los niños que fueron calificados como irritables, difíciles de tratar, o con un comportamiento problemático a la edad de 4-8 meses tendieron a ser clasificados como agresivos a la edad de 7-8 años.

En cuanto a la empatía, hay que señalar de que existe una creencia generalizada de que un nivel bajo de empatía es un importante rasgo de la personalidad relacionado con la delincuencia, en el sentido que las personas que las personas que pueden apreciar o experimentar los sentimientos de la víctima son menos propensas a victimizar a alguien. No obstante, según Farrington su base empírica no es sorprendente, ya que no hay estudios longitudinales que relacionen la temprana empatía con la delincuencia tardía.

En este sentido, hay que señalar que Farrington diferenció entre empatía cognitiva y empatía emocional. Mientras que la primera hacía referencia al entender o apreciar los sentimientos de otras personas, la segunda se basaba en experimentar realmente los sentimientos de otras personas. Así, en una revisión sistemática de 35 estudios, David Farrington y Darrick Jolliffe encontraron que realmente un nivel bajo de empatía cognitiva estaba fuertemente relacionado con la delincuencia. Por el contrario, un nivel bajo de empatía afectiva o emocional staba débilmente relacionado con la delincuencia. No obstante, refirieron que el bajo nivel de empatía podría ser un importante factor de resigo para la delincuencia, debido a la incorporación de una nueva medida de la empatía denominada la Escala Básica de Empatía, la cual conllevó resultados que relacionaban ambos conceptos.

Finalmente, la impulsividad es la dimensión de la personalidad más importante que predice la delincuencia. Se identifican todo un seguido de constructos que tiene que ver una baja capacidad de control del comportamiento. Dentro de estos incluyen la impulsividad, hiperactividad, inquietud, torpeza, no consideración de las consecuencias antes de actuar, pobre capacidad para planificar el futuro, bajo autocontrol, búsqueda de sensaciones y experiencias riesgosas, búsqueda de gratificación a corto plazo, entre otros.

Algunos estudios han demostrado que la hiperactividad predice el posterior desarrollo de conductas delictivas. Por ejemplo, en la realización de un proyecto perinatal en Copenhague, las psicólogas Patricia Brennan, Birgitte Mednick i Sarnoff Mednick (1993) descubrieron que la hiperactividad a la edad de 11-13 años predecía significativamente los arrestos por violencia a la edad de 22 años. Otro estudio de la University Mater acerca del embarazo en Australia (2004) encontró que problemas de atención y de inquietud a la edad de 5 años suponía un doble riesgo para desarrollar comportamientos delictivos a la edad de 14 años.

Con todo esto, vemos como las características personales del niño, tales como la irritabilidad, la baja capacidad de autocontrol, muy activos y con problemas de atención e impulsividad, presentan más probabilidades de mostrar problemas de conducta y conducta antisocial que los niños que no presentan tales características (Ayala et al., 2002). De hecho, existen programas cognitivos conductuales que enseñan habilidades sociales a los menores, y que han demostrado ser eficaces en el tratamiento de la conducta antisocial temprana (Medina, 2011).

Factores familiares

Como se ha señalado con anterioridad, los métodos de crianza son un indicador relevante del posterior comportamiento antisocial que desarrolle el niño. La carencia de afecto, la ausencia de una disciplina, de una imposición de normas, la falta de autoridad parental favorece a que el menor desarrolle una malformación afectiva. El aislamiento afectivo aumenta los comportamientos autocentrados del niño, y se adaptan a la privación y sufren menos mediante el recurso de la indiferencia. Los estilos educativos más relacionados con los comportamientos antisociales del menor son el estilo permisivo-liberal, basado en la ausencia de normas claras, imposición de castigos arbitrarios; y el estilo negligente-ausente. Este último se caracteriza principalmente porque los padres abdican del rol, asumiendo que ellos no son quienes deben de imponer las normas, ya que deben ser sus hijos, independientemente de la edad y de sus capacidades, quienes deben saber lo que deben hacer. Por lo general, los padres no son capaces de establecer estrategias de disciplina efectivas y no logran controlar la conducta de los jóvenes. Del mismo modo, es frecuente que los niños de siete, ocho, diez, doce o catorce años cometan conductas inapropiadas, las cuales no son relevantes si no se prolongan en el tiempo. Esto podría suceder si no existe una adecuada supervisión paterna y una respuesta apropiada y coherente a tales conductas (Garrido et al., 2001). Concretamente, el disponer de una organización familiar, y consecuentemente una cohesión familiar, establecer unas metas, una disciplina flexible y no arbitraria, y una supervisión de las actividades del niño, favorece a un desarrollo social y familiar (Ayala et al., 2002).

En este sentido, existen programas orientados a promover la parentalidad positiva con la finalidad de enseñar a los padres a cómo educar y disciplinar a sus hijos de forma más efectiva. Ya que la calidad de relación entre los padres e hijos facilita el aprendizaje del control sobre el comportamiento problemático. Gerald Patterson, uno de los propulsores de estos programas, identificó que una práctica ineficiente de métodos de disciplina de los hijos es un factor de riesgo de la delincuencia. Así, los patrones de comportamiento parental que promocionaban el comportamiento antisocial del niño eran aquellas conductas relacionadas con el uso frecuente e inefectivo de órdenes y castigos excesivos; así como el no recompensar la conducta adecuada (Medina, 2011).

Por otro lado, según Abidin la forma en como los padres perciben el comportamiento de sus hijos también es importante, pues se ha encontrado que los niños a los que se percibe como distraídos, hiperactivos, poco adaptables, demandantes, irritables, poco aceptados y no gratificantes, presentan problemas en su ajuste social. Además, estas características contribuyen a la interacción que los padres pueden tener con sus hijos (Ayala et al., 2002).

El perfil de los padres también muestran indicadores del comportamiento agresivo de los niños, como por ejemplo que presenten inexperiencia, impulsividad, depresión, hostilidad, rechazo, experimentar sentimiento de agobio por su papel de padres, ausencia de apego hacia sus hijos (Ayala et al., 2002). En concreto, Abidin refiere que tanto ciertas características de los padres como algunas variables contextuales, como podrían ser los estresores de la vida, influyen en la habilidad de los padres para responder efectivamente ante la conducta de sus hijos.

De hecho existen programas de prevención orientados a mejorar la calidad de embarazo y el cuidado posnatal. Se trata de programas que trabajan con las madres, especialmente de recursos económicos bajos, durante el embarazo y tras el parto a través de visitas a domicilio con el objetivo de mejorar los resultados del embarazo, la salud de la madre y el desarrollo del niño ayudando a los padres que proporcionen un cuidado más sensible y competente. Por ejemplo, la realización de un proyecto de infancia temprana era un programa para prevenir los abusos infantiles y otros problemas de desarrollo, a través del cual se identificó que el ser madres primerizas, adolescentes, de clase baja y no tener una pareja estable suponía factores de riesgo. No obstante, los resultados de estos programas fueron positivos, manifestados no únicamente sobre las madres, sino que también se traducía en niños menos proclives a presentan conductas desviadas (Medina, 2011).

Factores escolares y sociales

Otro tipo de factores de riesgo para el desarrollo de comportamientos antisociales del menor son los factores escolares y los sociales. De hecho, algunos de los factores de riesgo asociados con la delincuencia están relacionados con la vida escolar. Según la profesora Denise Gottfredson (1997) los colegios de alguna manera facilitan el acceso a las drogas, alcohol y otros bienes ilegales. Además adquiere importancia las características de las clases y la organización social de la escuela como podría el que haya un liderazgo; así como también el clima favorable al apoyo emocional. Gottfredson refiere que el desorden escolar se puede explicar principalmente por las comunidades creadas e integradas en la escuela y al tipo de alumnos a los que sirven. No obstante, las características de la escuela no son menos importantes, ya que se ha demostrado que en los colegios donde existe una percepción clara y legítima de las reglas de comportamiento hay menor tendencia a la delincuencia y a la victimización.

Por otro lado, Cook, Gottfredson y Na refieren que el sistema educativo influye fuertemente sobre la composición demográfica que se genere en la escuela, así como también en cual será la cultura dominante entre los grupos de iguales. Los métodos pedagógicos, por ejemplo, también tienen un fuerte impacto con el rendimiento escolar, la satisfacción con el colegio y los objetivos académicos (Medina, 2011).

Otro de los factores a destacar el absentismo escolar. Este fenómeno muy actual en nuestra sociedad, no únicamente comprende consecuencias a corto plazo, como pueden ser los suspensos, repeticiones; sino también a largo plazo. Estas son las más preocupantes puesto que con este tipo de actitudes no únicamente pueden derivarse una falta de desarrollo de conocimientos fundamental, sino también una ausencia de adquisición de habilidades y competencias básicas para poder mantener una vida personal, social y profesional adecuada (Uruñuela, 2005). Además, pueden generarse consecuencias de marginalidad, de incultura, de adopción de conductas antisociales y delictivas debido, en parte, del tiempo libre de que dispone, de la ausencia de motivaciones, frustraciones, apego con grupo de amigos con los mismos hábitos, etc.

Por otro lado, las condiciones de pobreza, la desorganización social o la existencia de grupos desviados son factores de riesgo igualmente importantes. La clase social a la que pertenece el niño, como podría ser la clase baja, sería un indicador de riesgo puesto que las oportunidades son mucho más limitadas que la de un niño perteneciente a la clase media o alta. Tal y como sostiene la teoría de la desorganización social de Shaw y McKay, las personas pobres se encuentra con más dificultades de satisfacer sus necesidades con el recurso de los medio lícitos (Larrauri, 2001).

Así, la comunidad en la que viven, caracterizada por el deterioro físico, la alta movilidad, la alta heterogeneidad cultural, entre otros, se encuentra obstaculizada de llevar a la práctica sus valores comunes por tres razones. Por un lado, por la menor capacidad de asociación; por el control sobre las actividades desviadas; y por una mayor exposición de los jóvenes a valores desviados. La existencia de delincuencia adulta en estas áreas hace que los jóvenes se vean expuestos a un sistema de valores en competencia con el convencional, así estos en ocasiones se decantan por seguir un modelo de comportamiento desviado (Larrauri, 2001)

Con lo cual, aunque la pobreza en este caso no es un factor determinante para predecir la delincuencia infantil, sí que podemos afirmar que es un factor relevante en cuanto a la influencia que puede ejercer en la adquisición de competencias, valores y creencias.

 

Ayala, H., Pedroza, F., Morales, S., Chaparro, A. y Barragán, N. (2002). Factores de riesgo, factores de protectores y generalización del comportamiento agresivo en una muestra de niños en edad escolar. Salud Mental, Vol. 25 (3), pp. 27-40.

Bernuz, M.J., Fernández, E. y Pérez, F. (2006). El tratamiento institucional de los menores que cometen delitos antes de los 14 años. Revista Española de Investigación Criminológica (REIC), Vol. 5 (4), pp. 1-25.

España. Ley Orgánica 5/2000, de 12 de enero, reguladora de la responsabilidad penal de los menores. Boletín Oficial del Estado, 13 de enero, núm. 11.

Farrington, B. y Welsch, B. (2007). Saving children from of crime (early risk factors and effective interventions). Oxford University Press, pp. 37-45

Garrido, V., Stangeland, P. y Redondo, S. (2001). Principios de criminología. Valencia: Tirant lo Blanch.

Larrauri, E. (2001). Teorías Criminológicas. Barcelona: Bosch.

Medina, J. (2011). Políticas y estrategias de prevención del delito y seguridad ciudadana. Madrid: Edisofer.

Rechea, C. y Fernández, E. (2000). Impacto de la nueva Ley penal juvenil en Castilla-La Mancha. Centro de Investigación en Criminología, Universidad de Castilla-La Mancha, Vol. 7, pp. 1-61.

 

 

 

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