Delincuencia urbana

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Las grandes ciudades son cada vez más atractivas para las personas de las zonas rurales y de otros países por su poder financiero y sus oportunidades  económicas, la riqueza cultural y los lugares de interés (turismo), las oportunidades de trabajo, o simplemente por el estilo de vida que prometen. El atractivo urbano  ha estado acompañado  por un aumento de la tasa de  delitos y de problemas de seguridad, y también por un aumento del sentimiento de  inseguridad/miedo al delito de muchos ciudadanos, que lleva a la reducción de la calidad de vida y puede causar desestabilización de las sociedades urbanas. En este trabajo se aborda el fenómeno de la delincuencia urbana y los medios de que se dispone actualmente para analizar y prevenir los delitos en las ciudades.

“La delincuencia forma parte de la estructura normal de una sociedad: el delito no se encuentra en la mayoría de las sociedades sino en todas, aunque cambia en sus manifestaciones. Lo normal es, sencillamente, que exista una delincuencia y que cada sociedad asuma, sin sobrepasarse, un cierto límite que no es imposible fijar. Más aún, constituye un factor de salud pública, una parte integrante de toda sociedad sana; el delito es normal porque una sociedad sin él sería completamente imposible (…..)
Imaginemos una sociedad de santos, ejemplar y perfecta. Allí, los delitos propiamente dichos no existen, pero las faltas que parecen pequeñas en la opinión normal provocan el mismo escándalo que un delito en las conciencias normales. Por la misma razón un hombre íntegro juzga sus pequeños errores con la misma severidad que la sociedad reserva para los delitos (Durkheim)”.

Existen referencias de una primera encuesta de víctimas de delitos realizada en la ciudad danesa de Aarhus en el año 1730, de investigaciones sobre el suicidio y el crimen en los departamentos franceses  realizadas en la primera mitad del siglo XIX por Fourier o Guerry de Champneuf, o de las realizadas por Henry Mayhew en Inglaterra y País de Gales, también durante el XIX. Pero no es hasta los años veinte, con las propuestas de los sociólogos de la escuela de ecología humana de Chicago, que el análisis de las relaciones entre delincuencia y ciudad encuentran un ámbito de investigación lo suficientemente interesante para llamar la atención de la comunidad científica. De hecho cuando Burgess (1925) presenta su propuesta sobre el crecimiento de la ciudad, en la que establece las tensiones entre las diferentes zonas, entre las que explicita el cerco al que se ve sometido el núcleo central (CBD) por la zona que califica de “transición” o también “de deterioro o decadencia”, abre un amplio campo para el estudio de las disfunciones sociales de la ciudad en el que se introducen gran cantidad de sociólogos y ecólogos urbanos: el análisis sobre la competencia del suelo, la guetización de las zonas centrales de las ciudades y los conflictos que se generan, las apropiaciones, degradación y usos de las zonas residenciales centrales y el posterior efecto de gentrificación han sido algunos de los ámbitos de análisis en los que la sociología ha afirmado su preeminencia de análisis sobre las disfunciones de la ciudad.

En los inicios de los años setenta, un grupo de autores radicados en Gran Bretaña y Estados Unidos de Norteamérica publicaron una serie de trabajos, cuyo denominador común era una feroz crítica al sistema de prevención y tratamiento de la delincuencia hasta entonces en vigor, por su escaso éxito y los abusos que habían permitido. Hasta ese momento, la Criminología había desarrollado un cuerpo de conocimientos entorno a la figura del delincuente, desde las perspectivas psicológica, biológica o sociológica, que se centraban casi en exclusiva en él, explicaban su comportamiento y el motivo por el que llevaba a cabo delitos y lo consideraban, en cierto modo, como un paciente al que había que tratar. En consecuencia, las estrategias de intervención desarrolladas para reducir el delito, consistían en ambiciosos y caros programas sociales, tratamientos de carácter rehabilitador y en definitiva en actuaciones que convirtiesen a los delincuentes en ciudadanos psicológicamente más sanos y adaptados (Medina, 2011).Ante lo que consideraban un fracaso del sistema social, de justicia y de la policía y las prisiones, surgieron autores como Ray Jeffery, Jane Jacobs u Oscar Newman, quienes ofrecían planteamientos alternativos centrados no en la figura del delincuente, sino en la modificación del ambiente. Así por ejemplo, en 1961 la urbanista, escritora y activista Jane Jacobs publicaba el libro The Death and Life of Great American Cities en el que dirigía una feroz crítica a las políticas urbanas de los Estados Unidos de los años cincuenta. El planteamiento era claro, la presencia de la gente en las calles, el uso del espacio urbano, favorece las redes sociales y aporta vigilancia natural o como ella lo denominó “ojos en la calle”. Por el contrario, el desarrollo urbano y las políticas urbanísticas que hasta entonces se estaban desarrollando, habían tenido como efecto la destrucción de las comunidades y la creación de espacios urbanos aislados y artificiales.

Asimismo, el urbanismo también ha reconocido la importancia de las vinculaciones entre la ciudad y la delincuencia, en especial a partir de las propuestas de O. Newman sobre el defensible space , en las que vincula el diseño arquitectónico y las tasas de delitos en las áreas de viviendas populares, argumentando que el diseño urbano influye, promoviendo o alentando la criminalidad, de tal manera que podría convertirse en una forma efectiva de prevención del delito.

En este sentido, el estudio de la morfología de los espacios públicos y residenciales, los materiales constructivos, las cuestiones relacionadas con el mobiliario y la iluminación como factores de seguridad o inseguridad han sido algunos de los aspectos que han implicado a los urbanistas en la definición de su ámbito de análisis sobre la delincuencia y la ciudad.

Finalmente Jeffery (1971) postuló que paradigmas como la prevención general o los programas sociales no eran considerados como preventivos en realidad. Su propuesta por el contrario, presentaba un conjunto de características que la diferencian de los paradigmas vigentes hasta la fecha, ya que entre otras cuestiones sus respuestas se ponían en marcha antes de que se hubiese cometido el delito, además de tener un coste inferior al tratamiento o el castigo.

Aunque no es posible comparar grandes ciudades de varias partes del mundo sin tener en cuenta sus diferencias geográficas, políticas o culturales, se pueden observar tendencias y evoluciones comunes:

  • Un crecimiento rápido

El atractivo de las grandes ciudades conlleva un flujo de las zonas rurales a las ciudades; los inmigrantes legales e ilegales de países extranjeros se sienten atraídos por las posibilidades económicas. Las posibilidades de gestión política y administrativa deben adaptarse al ritmo y ofrecer respuestas administrativas apropiadas y planes estratégicos.  De lo contrario puede aumentar la superpoblación, el desorden, altas tasas de criminalidad y crecimiento incontrolado de áreas problemáticas.

Los niños y los jóvenes son los grupos más vulnerables. Estos grupos en especial  tienen muchas posibilidades de verse afectados negativamente por estos problemas.

  • Desempleo

Aunque las grandes ciudades son un mercado laboral mejor en comparación con las zonas rurales, la creación de puestos de trabajo puede que no esté al nivel de la demanda, causando de esta manera altas tasas de desempleo. Como resultado, el paro forzoso y la pobreza pueden llevar a actividades ilegales. Los jóvenes varones desempleados concretamente tienen un gran riesgo. Las revueltas nacionales francesas de noviembre de 2005 en los suburbios han demostrado que la integración sin éxito de este grupo puede desestabilizar la sociedad urbana.

  • Disminución de la cohesión social

Ya que la afluencia incontrolada a menudo puede conducir a un desgaste de los barrios ya existentes, después puede surgir un aumento del delito (especialmente por parte de varones jóvenes): robos con allanamiento de morada, consumo y tráfico de alcohol y drogas, violencia, vandalismo, un aumento general del comportamiento antisocial (actos incívicos) de todo tipo: reyertas en pubs, basura, comportamiento ofensivo, mendicidad agresiva, disputas entre vecinos, etc., etc.

  • Oportunidades para el delito

Las grandes ciudades no sólo atraen a los ladrones y a los pequeños delincuentes sino también a los grupos tradicionales del crimen organizado y la delincuencia económica bien organizada. Existen numerosas oportunidades para que estas personas lleven a cabo sus actividades criminales y se ocultan en entornos urbanos. Utilizan la ciudad tanto como escenario del delito como para refugiarse. Se pueden reconocer estas situaciones en zonas urbanas de todo el mundo, especialmente en las ciudades más grandes. Tienen un importante impacto en la calidad de vida de las personas y a menudo conducen a sentimientos, a veces exagerados, de inseguridad/miedo al delito. Independientemente de si el miedo se basa en los hechos o no, puede dañar a las sociedades urbanas y despertar reacciones problemáticas. El tema del delito, la seguridad y la calidad de vida en zonas urbanas y la adopción de medidas diseñadas para detener los sentimientos de inseguridad, el delito y los problemas subyacentes se han convertido en un asunto clave para todas las instituciones implicadas en la seguridad, la prevención del delito y las políticas sociales.

 

En el X congreso de Naciones Unidas sobre Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente, celebrado en Viena durante el mes de abril de 2000, por primera vez, se concluye: “la necesidad de estudiar los efectos de la delincuencia en las zonas urbanas”.

En la actualidad está aceptado que los impactos del delito y la delincuencia tienen, en el medio urbano, su principal teatro de operaciones, y que es en las ciudades donde emergen los principales problemas de seguridad y donde deben ponerse a disposición los recursos de análisis y de respuesta institucional a las disfunciones sociales que generan los nuevos fenómenos que inciden en la seguridad y en su percepción.

Así pues, es en este marco de proximidad a la vida ciudadana donde los análisis, sobre los impactos de la delincuencia en las ciudades, encuentran relevancia y utilidad social; tanto por ser uno de los problemas principales con los que se encuentran las ciudades y su gestión, como por la tendencia de la mayoría de la población mundial a concentrarse en las ciudades. El estudio y análisis de la seguridad, y de las consecuencias de la delincuencia en la vida de las ciudades, es hoy una necesidad para los gobiernos locales, y es la labor investigadora de la  comunidad científica la que   ha de dar una respuesta. 

Uno de los aspectos que más puede afectar la vida social de las ciudades es el referido a la seguridad o inseguridad y más concretamente a la percepción que de ella se tenga. Ésta se construye sobre la base de realidades y experiencias pero también, y de forma relevante, a partir de sensaciones y representaciones sobre lo que se considera peligroso, y en el caso del medio urbano, sobre los territorios y sobre los que en ellos lo habitan.

Así pues, el sentimiento de seguridad o inseguridad es una percepción y como tal una construcción social.

Algunos aspectos relevantes para la gestión de la ciudad y de la seguridad pública en los que la geografía ha de comprometerse son:

  • el conocimiento del espacio en el que se produce el conflicto y en el que deben ponerse en marcha los recursos necesarios para recuperar o restablecer las relaciones distorsionadas,
  • el territorio conocido y reconocido por los ciudadanos,
  • la necesidad de aproximar la resolución de los conflictos a la comunidad,
  • el impacto del delito en las minorías migrantes,
  • la ocupación y competencia que sobre el espacio urbano se establece,
  • el papel de los agentes sociales y económicos en la construcción de la ciudad.

En definitiva, la geografía y los geógrafos han de comprometerse con los problemas de la sociedad, y esto quiere decir conocer, aprender y releer la realidad comúnmente aceptada y amplificada por los medios. Los geógrafos, pueden y deben incorporarse de lleno al estudio de uno de los aspectos más relevantes para la gestión de las ciudades: el sentimiento de inseguridad y miedo.

La permanente evolución de las ciudades, la emergencia de nuevas situaciones y su complejidad exigen del concurso del urbanismo, la sociología, la psicología social, la ecología, la pedagogía, la geografía, el derecho y otras disciplinas, concurso que debe centrarse no tan solo en la elaboración teórica, sino que por el contrario, ha de situarse en términos de utilidad pública y en consecuencia en ámbitos que permitan desarrollar políticas activas de gestión de la ciudad.

El delito tiene una cualidad geográfica inherente. Para que tenga lugar un delito deben coincidir un delincuente y un objetivo apropiado en una localización concreta. Comprender el rol que esta localización tiene y la importancia de otros factores geográficos que dan lugar a que un delito suceda (por ejemplo las características del vecindario del que procede un delincuente) pueden proporcionar unos indicios de vital importancia que contribuyan a mejorar nuestra respuesta ante los problemas que conlleva el delito y cómo podemos capturar a los delincuentes. Entre estas respuestas podrían incluirse las específicas de las políticas de actuación y propuestas de cooperación para la reducción del delito, pero también apoyar otras iniciativas relacionadas con la zona como por ejemplo la renovación del vecindario.

La localización geográfica del delito por medio de mapas es una herramienta para gestionar y relacionar el delito y los datos geográficos y representarlos geográficamente. El resultado de esta herramienta es una imagen de dos o tres dimensiones (mapa) que proporciona al lector a través de instrumentos de lectura diversas informaciones útiles sobre la relación entre delito y espacio. Las características de este mapa son la representatividad de un área real, la presencia de información útil (para el lector), la presencia de una clave para la lectura (leyenda). Actualmente elaborar un mapa es bastante fácil: un mapa necesita una serie de datos sobre el espacio representado, datos que actualmente pueden encontrarse a través de los sistemas GPS y las fotografías por satélite o aéreas. La información sobre el “tema” del mapa es la segunda parte del trabajo; a partir de estos datos, el mapa relaciona el espacio y el tema y los representa en cifras.

La localización del delito es también el nombre del proceso de elaboración y análisis de mapas para entender el delito. Después de varios intentos anticipados y aislados de utilizar mapas para la comprensión del delito, que comenzaron a principios del siglo XIX en Francia, la Escuela de Chicago desarrolló la elaboración de mapas de delitos como herramienta para el análisis de los mismos, creando la teoría de que el delito estaba estrechamente vinculado a la desorganización social y la pobreza en asentamientos urbanos. Sin embargo, la falta de disponibilidad de datos y los límites del hardware hicieron de la localización geográfica del delito una herramienta lenta, costosa, poco viable e inefectiva para el análisis, a la vez que la “Ecología del Delito” contaba con escaso apoyo entre las teorías criminológicas en aquellos momentos.

El atractivo actual de los mapas de delitos procede de la reciente evolución de estos tres aspectos:

  • los mapas digítales de prácticamente cualquier parte del mundo son de fácil acceso y pueden actualizarse regularmente
  • los avances tecnológicos han hecho posible los mapas “portátiles” y los sistemas GPS, y permiten un procesamiento de los datos rápido y preciso incluso con grandes conjuntos de datos;
  • las teorías de prevención del delito situacional son muy aceptadas y ampliamente utilizadas para explicar las causas inmediatas del delito.

En un principio existe la necesidad de realizar un mapa; después se elaboran los conjuntos de datos por medio de la recopilación (y la actualización) de los mismos que contienen información sobre el espacio y al menos otro conjunto de datos relacionados con hechos que puedan ser considerados “delitos” con el fin de elaborar una imagen; las imágenes son creadas y después utilizadas por alguien que necesita una leyenda que permita la “transferencia” de información del mapa a la realidad

  • La necesidad de realizar un mapa de delitos

Esta cuestión es básica ya que conlleva la selección de información para que ésta sea introducida en el dibujo, su escala, su secuencia de tiempo, pero sobre todo la comprensión de la necesidad ayuda a comprender si un mapa es la herramienta correcta para responder a esta cuestión. ¿Para qué sirve un mapa de delitos? Se puede solicitar la elaboración de un mapa para ver la distribución de un fenómeno, para prever o pronosticar su evolución ¿o ambas cosas? ¿Es para análisis criminológico o para apoyar la acción policial? El contestar la cuestión principal sirve para seleccionar los datos que se considerarán, pero principalmente para centrarse en las expectativas del cliente. En concreto debe quedar claro que el componente geográfico de la realización de un mapa debe ser el elemento clave que ayude a los usuarios a comprender algo más que el observar bases de datos.

La diferencia entre las bases de datos y los mapas es que estos últimos tienen un vínculo con el espacio que será útil para su análisis. En ocasiones, el componente geográfico de un mapa de delitos es lo más interesante para su resultado gráfico (de aquí los mapas tan coloristas y atractivos) pero no para su potencial en la prevención del delito. Los mapas son utilizados para informar a los medios de comunicación, a los ciudadanos y a la policía, aunque de ellos no surgen ideas particulares ni se vierten éstas en el análisis del delito o en las estrategias sobre la prevención del delito. Ambos usos pueden justificar la elaboración de mapas, pero esto debería estar claro desde el principio ya que ello conlleva la creación de bases de datos y el significado de los resultados del mapa puede ser diferente.

La mejor virtud de un SIG (Sistema de Información Geográfica) es la demostración visual de los datos: los mapas son un medio de comunicación universal ya que ofrecen una percepción inmediata sobre dónde sucedió un acontecimiento en una zona concreta. La  tecnología  SIG  se  emplea  para  la recopilación,  representación  y  análisis  de  todo  tipo  de  información  referenciada geográficamente.  Un SIG  es  una tecnología  de manejo  de  información  geográfica  por medio  de equipos  informáticos.

Esta  información  geográfica  tiene  dos  vertientes  distintas, la vertiente espacial y la temática (GabrielOrtiz.com, 2006). La espacial hace referencia a los  mapas  o  representaciones  cartográficas  de  enclaves  naturales  o  urbanos,  y  la temática,  a  tablas  que  contienen  información  alfanumérica.  La  clave  del  SIG  es  que enlaza  la  información  geográfica  con  la temática,  de modo  que trabaja  al tiempo  con  una representación geográfica y sus atributos temáticos asociados.  Se pueden distinguir varios tipos de programas que, aunque puedan denominarse conjuntamente SIG, tienen diferencias fundamentales en su ámbito de aplicación; entre ellos se encuentra lo que se ha venido a denominarse Desktop Mapping (DM)­ sistemas

de análisis y visualización integrados  entre  las  aplicaciones  Desktop  del  ordenador  personal  (Estrada  Villegas,  2004). La tecnología SIG pretende ser útil para el estudio y búsqueda de soluciones de problemas del mundo real, trabajando sobre un modelo cartográfico de dicha realidad.Para ello, tiene una serie de funciones que se pueden resumir en las siguientes: Captura y Almacenamiento de datos geográficos y tabulares, Consulta, Análisis y Presentación de los datos, y Resultados presentados en diversos formatos (ESI, 2004).

  • La elaboración de conjuntos de datos

Los mapas contienen información espacial sobre los hechos que tienen lugar en el espacio físico y tienen, por tanto, coordinadas geográficas. La selección del tipo y el número de datos de los mapas depende de las necesidades del cliente, de la dificultad para conseguir información y de los recursos disponibles para la realización del mapa. Los datos relativos al espacio son actualmente fáciles de encontrar: los mapas digítales pueden comprarse a bajo precio y se actualizan regularmente ofreciendo la base para la elaboración de mapas temáticos. Por otra parte, se deben crear  otros conjuntos de datos con el propósito en cuestión y esto puede ocasionar más problemas. En primer lugar, no se puede reflejar todo en un mapa, porque no todo tiene una ubicación geográfica o bien porque hay cosas que no son detectables. Por ejemplo, el realizar un mapa con el miedo ante el delito ocasionaría problemas conceptuales: ¿dónde está el miedo?, ¿cómo se puede localizar? ¿qué información contendría el conjunto de datos? El miedo es un sentimiento personal, de esta forma ¿debería el mapa mostrar la casa de una persona? ¿O su lugar de trabajo? ¿O el trayecto que recorre entre ambos? ¿O debería tener en cuenta si esa persona sale a menudo por la noche, dónde va, con quién se reúne? ¿De dónde surge ese miedo?

Aparte de esto, los problemas que surgen de la elaboración de un conjunto de datos para realizar un mapa sobre violencia doméstica o sobre corrupción son evidentes, aunque estos delitos no son evidentes, a menudo no se denuncian, y la cifra negra conlleva a un mapa “invisible” que solaparía al mapa visible que contiene la imagen correcta.

Contrario al problema de la falta de información está la “sobrecarga de datos”, un problema relacionado concretamente con el progreso tecnológico, que trajo consigo la disponibilidad de bases de datos siempre más amplias y de potentes instrumentos analíticos. El exceso de información disponible ha conducido a la tentación de poner todo en los mapas con un doble efecto. Uno está relacionado con la creciente importancia de las capacidades e instrumentos geo-estadísticos, que sirven para gestionar estas bases de datos, reduciendo de esta forma la función de las capacidades necesarias para comprender los resultados y deducir las consecuencias a partir de ellos. El análisis estadístico se hace tan difícil, los resultados tan impredecibles y complicados que es necesaria una estadística posterior para comprender si el resultado puede tener un significado o no, de esta forma el análisis y la validación de sus resultados se convierten en el resultado del mapa, que es obviamente diferente de la finalidad de su uso. La elaboración del mapa conlleva el riesgo de que éste se convierta en el resultado y no se consideren una posible reflexión o las consecuencias posteriores. El otro efecto es que la elaboración de mapas a partir de un conjunto de datos que no se pueden interpretar hace que el análisis de estos mapas sea difícil. Cuanto más complejos sean los datos y el sistema -y los mapas- más difícil es el análisis de la información.

En cuanto a la prevención del delito es importante descubrir qué información es útil para el análisis, sobre todo la información intermedia, extrayendo todo lo innecesario del mapa.

La consecuencia de esta masa crítica de datos es que los mapas se convierten en bonitas imágenes a la vista pero no conducen a nada perdiendo su finalidad original. La elaboración del sistema debe ser suficientemente abierta para responder a las necesidades de los diferentes usuarios, cada uno de los cuales tendrá un mapa con aquellos datos en los que está interesado, y flexible para que se le puedan añadir nuevos datos y hacerlo adaptable a los progresos del análisis de dichos mapas.

  • Utilización de un mapa

Atendiendo a la necesidad original, se crean las bases de datos y finalmente se elabora un mapa. ¿Quién lo interpretará? ¿Cómo? Estas cuestiones generan cierta reflexión sobre los instrumentos con los que se contarán para interpretar dichos mapas y transformar la información contenida en ellos en algo que debería tener lugar en el espacio analizado. Una vez más, un mapa puede tener un fin informativo, pero la asignación de recursos en el complejo sistema de elaboración de mapas debería justificar algo más que la mera información y el mapa debería ayudar a que alguien tome la decisión correcta. Esto es particularmente obvio en la elaboración de mapas de delitos. ¿Por qué elaborar mapas de delitos? ¿Cuál es el valor geográfico añadido para la prevención del delito? ¿Quién interpretará los mapas de delitos? La policía por su misma naturaleza los utilizará para responder a la demanda de servicios, para apoyar en la organización interna de sus recursos, identificar los lugares calientes del delito, asignar medidas que lo reduzcan, detener a delincuentes en serie o criminales profesionales.

Asimismo los mapas pueden ayudar a comprender la distribución real del delito y explorar los mecanismos, la dinámica y los generadores de la actividad criminal, evaluar el impacto de las iniciativas de reducción del delito, comunicar al público las estadísticas sobre delitos en su zona y las respuestas que están aplicándose para atajar los problemas que conllevan. Los mapas pueden ayudar a la policía -si existe esa necesidad- a saber qué lugares de la zona son más peligrosos o tienen tasas de delincuencia mayores.

Aparte de esto, el uso de mapas para la previsión del delito puede ser útil para comprender dónde es más probable que suceda un delito, ofreciendo la oportunidad de que los policías se trasladen a esa zona en la que puede darse ese hecho. Lo que sucede en la realidad es que ciertos tipos de delito suceden tan frecuentemente y en tantas zonas de la ciudad que elaborar mapas es poco útil, el análisis estadístico puede predecir si un delito puede aumentar o disminuir en cierta zona -como tendencia- pero es muy difícil que pueda el momento y el lugar en el que tendrá lugar este hecho. En cuanto a otros tipos de delito (por ejemplo los homicidios), son -afortunadamente- demasiado pocos para que se realice un análisis y una predicción fiable, a pesar de lo que muestra la TV, y la policía con frecuencia conoce las zonas de riesgo de su ciudad incluso sin mapas.

Los que toman decisiones deberían utilizar mapas de delitos para adoptar decisiones estratégicas. Una vez más, se debería reflexionar sobre la necesidad de la elaboración de un mapa, o si las estadísticas oficiales, la victimización y los estudios sobre inseguridad pueden ser más útiles.

Los criminólogos deberían interpretar y utilizar los mapas de delitos para apoyar las políticas de prevención del delito. Los mapas pueden ayudar en la investigación que prueba y desarrolla teorías criminológicas, que deben estar siempre presentes detrás de la elaboración de mapas de delitos. El riesgo de elaborar mapas y alcanzar conclusiones sin un contexto teórico es tener cierta confusión en el ámbito político y en la investigación.

La posibilidad de contar con grandes bases de datos y mapas elaborados requiere, más que capacidades técnicas concretas, teorías sólidas que ayuden a los analistas a interpretar dicha información de forma adecuada. En segundo lugar, los investigadores pueden elaborar instrumentos innovadores para análisis del delito (por ejemplo por medio de las redes neurales) y para la predicción del delito (por ejemplo descubrir alertas tempranas).

La misión de los investigadores es explorar nuevas oportunidades de análisis y nuevos potenciales de los instrumentos ya disponibles con el objetivo final de aumentar el conocimiento del delito y sus causas y apoyar los intentos para reducirlo y prevenirlo.

Los técnicos también pueden utilizar los mapas de delitos para entender la distribución de los mismos y en concreto explorar los mecanismos, la dinámica y los generadores de la actividad criminal, evaluar el impacto de las iniciativas para la reducción del delito.

¿Cómo se interpretan los mapas de delitos?

Si el mapa de delitos sólo se pretende que sea una herramienta para gestionar y vincular el delito y los datos geográficos y representarlos gráficamente, más que un proceso de creación y análisis para comprender el delito, está claro que las imágenes no pueden ser el resultado del mapa del delito, sino el primer paso para un conocimiento más profundo. Cuando un mapa es elaborado bajo una petición basada en una estructura teórica sólida y una clara expectativa sobre qué puede hacer la “geografía” para atajar el delito, entonces los resultados de la imagen pueden ser útiles en la prevención del delito.

El mapa del delito es una herramienta para que los investigadores desarrollen nuevas estrategias para que se instaure la prevención del delito, demostrar las hipótesis, evaluar la efectividad de una intervención; la policía puede utilizarlo para buscar rastros de asesinos en serie, aunque el mapa del delito tiene un fin último, muy efectivo, que es el ser un medio de información.

 

 

La primera función de los mapas en las estrategias de prevención del delito procede de su capacidad informativa. Uno de los problemas en la prevención del delito en el ámbito urbano es la falta de comunicación efectiva entre las cuatro partes implicadas en el proceso de seguridad:

  • la Autoridad Local (administradores/políticos),
  • los ciudadanos,
  • los investigadores,
  • la policía (y otras agencias públicas).

El problema surge de las diferencias en los antecedentes, en las fuentes de información, en la percepción de los problemas, en el establecimiento de prioridades y en el tiempo de reacción ante los problemas urbanos. El aumento del delito y los desórdenes en el entorno urbano o su deterioro es un problema inmediato para los habitantes e inmediatamente después para la policía, y, por último, para la Autoridad Local, y los expertos lo saben.

La policía es la primera parte en reaccionar, la investigación lleva su tiempo, los ciudadanos raramente reaccionan de forma organizada y a menudo la administración es la que más tarda en adoptar una decisión. Los mapas de delitos pueden ayudar a todas estas partes a tener una percepción inmediata y homogénea de lo que está pasando, mostrándoles en una imagen una información relacionada con el espacio que sería muy difícil explicar con tablas, gráficos o mensajes hablados. Estudios recientes han demostrado el poder de la representación visual de los problemas relacionados con el delito para dárselos a conocer a los ciudadanos. Una vez que los mapas han conseguido la percepción de los problemas, cada parte puede contribuir en la elaboración de nuevos mapas útiles para atajarlos. La Policía (y otras agencias públicas, por ejemplo bomberos, los servicios de emergencia, servicios sociales) pueden informar sobre los delitos y otros desórdenes, la Autoridad Local puede contribuir con toda esa información atendiendo a su finalidad, los ciudadanos pueden añadir al mapa datos procedentes de su experiencia directa del lugar en el que viven, los científicos pueden ayudar por medio de la elaboración de mapas con significado y proporcionando datos e información procedente de otras fuentes. En este segundo nivel, los mapas tienen una función de profundizar en el conocimiento de todos los aspectos relacionados con la zona. En este nivel la confianza mutua y un planteamiento de colaboración entre las diversas agencias son fundamentales.

El paso fundamental en la utilización de una estrategia CPTED para la planificación en las ciudades y su seguridad es extraer de estos mapas resultados concretos para la gestión de problemas urbanos. El riesgo a este nivel es conseguir que se realice un trabajo firme y de cooperación para conseguir toda la información, elaborar un mapa e ignorar lo que tiene que ver con este mapa. La policía y los expertos deben jugar un papel esencial en este punto para extraer de estos mapas la información útil que será aplicada en las políticas de seguridad. En concreto, los investigadores deben extraer sus propias conclusiones de forma independiente en relación a las otras partes, aunque todos son parte implicada en el problema.

A modo de ejemplo, la investigación debe participar en el diseño de nuevas áreas urbanas o en acciones de renovación de barrios deteriorados o dará su opinión sobre dónde poner una parada de autobús o un pub o una tienda abierta 24 horas. Los mapas pueden ser los instrumentos analíticos que ayuden a los expertos a conocer un territorio y a tomar las decisiones apropiadas para evitar el aumento de nuevos problemas en zonas existentes o en otras nuevas.

En este sentido, los principios y los instrumentos de CPTED, la planificación urbana y el diseño arquitectónico para la seguridad encontrarán su base en el análisis profundo de mapas detallados de la zona, que constituirán el antecedente de cualquier decisión que muestre su efecto en el ámbito urbano.

Por lo tanto el mapa del delito es una herramienta muy importante para la seguridad urbana aunque está claro que su uso no proporciona soluciones mágicas y que es el único medio en las manos de todas las partes implicadas que a partir de los mapas deben extraer información para poner en práctica las políticas de prevención del delito.

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