Desorganización social

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La desorganización social se refiere al fracaso de los organismos institucionales, a la desintegración de vínculos y controles que hacen que el equilibrio social pueda o no mantenerse.

Abarca varios fenómenos como el conflicto social, el conflicto de culturas, el desajuste entre los medios y los fines socialmente aceptados, y otros tipos de incompatibilidades y contradicciones, asumiendo a veces la forma de normas y valores que resultan incompatibles o contradictorios.

Cuando los hombres dejan de compartir valores esenciales, la sociedad se enfrenta a un debilitamiento potencial de los vínculos que mantienen unidos a sus miembros. Quienes no utilizan cauces aceptables a través de los cuales puedan intentar el mejoramiento de sus condiciones, llegan a ser enemigos potencialmente explosivos del orden existente que además optan por tipos de conducta desviada para conseguir sus objetivos.

Un sistema social organizado es aquel relativamente integrado, ordenado y centralizado, que responde a las necesidades de afirmación y proyección de la sociedad global. En tal caso, el comportamiento de los distintos integrantes coincide con los modelos de conducta colectiva preestablecida en todos los entes sociales, individuales y colectivos.

Cuando el cambio sociocultural al cual fue lanzada una sociedad no se produce de forma sincrónica y simétrica, esa situación anómala producirá una disyunción entre las normas institucionalizadas y las aspiraciones fundamentales de las partes.

La desorganización social, por tanto, hace referencia a la incapacidad de una comunidad de hacer efectivos los valores de sus miembros y de mantener un control efectivo sobre sus conductas (Sampson y Groves, 1989). La pobreza, movilidad residencial, heterogeneidad étnica, los lazos sociales débiles, la desintegración de la familia y el desempleo son factores propios de la desorganización social.

El concepto de desorganización social se desarrolla entre 1918 y 1935 a caballo de la primera gran guerra y de los perturbadores efectos que los procesos de emigración, urbanización e industrialización tienen en EEUU. La sociología está intentando establecerse como disciplina científica autónoma y busca nociones propias y diferenciadoras respecto de otros campos, de manera que, frente al modelo de patología social que usaba juicios morales y conceptos bio-médicos, se trata ahora de centrarse en nociones científicas, “objetivas” y propias de la Sociología como “organización social” y “reglas sociales” (tomadas de Durkheim). Cooley, Ogburn y Thomas y Znaniecki son referentes teóricos relevantes. Los problemas sociales serían, según esta perspectiva, fallos de las “reglas” sociales (debido a la falta de normas, al conflicto cultural o al colapso del sistema social) o desajustes del sistema social, cuyas variantes fueron citadas de la mano de Merton y cuyas causas pueden localizarse en los desarreglos derivados de la industrialización y los procesos –emigración y urbanización- asociados. La Escuela de Chicago (Park, Burgess, Faris, Thomas y Znaniecki, etc) representa este enfoque desde el que se realizan estudios de ecología urbana para detectar los efectos de la desorganización. En cuanto a la criminología contemporánea, los enfoques de la desorganización social constituyen una de las teorías a nivel macro más importantes que han emergido de la tradición de enfocar el delito a un nivel social.

La Escuela de Chicago es la cuna de la moderna sociología americana y se caracterizó por su empirismo y su finalidad pragmática. Su temática preferida fue la “sociología de la gran ciudad”, el análisis del desarrollo urbano, de la civilización industrial y la morfología del crimen en ese nuevo medio. La primera de las teorías que surge en el ámbito de esta escuela es la teoría ecológica (entre sus representantes están Park, Burgess, McKenzie, etc.): el marco de atención es la gran ciudad como unidad ecológica y su tesis, que existe un claro paralelismo entre el proceso de creación de los nuevos centros urbanos y la criminalidad de los mismos. La ciudad produce delincuencia. Esta teoría explica esto, accediendo a los conceptos de desorganización y contagio inherentes a los modernos núcleos urbanos, y sobre todo el debilitamiento del control social que en ellos tiene lugar. El deterioro de los grupos primarios (familia), la modificación de las relaciones interpersonales que se vuelven superficiales, la perdida de arraigo al lugar de residencia y la crisis de los valores tradicionales y familiares.

Thomas y Znaniecki, pertenecientes a la Escuela de Chicago (Thomas es considerado por algunos autores como el verdadero padre fundador de la Escuela de Chicago), dieron origen al concepto de desorganización social por medio de su obra El campesino polaco en Europa y América (1918-20), que constituye el primer estudio relevante del Departamento de Sociología de la Universidad de Chicago y un auténtico hito en la historia de la sociología. Este estudio dio origen al concepto de desorganización social como explicación última de la conducta desviada y proclama la necesidad de conocer ésta “desde dentro”, enfoque metodológico que da lugar a una rica gama de investigaciones de campo. Concedieron mucha importancia a este concepto entendido como “el decrecimiento de la influencia de las reglas sociales de comportamiento existentes sobre miembros individuales del grupo” dadas las condiciones de anonimato que posibilitaba la gran urbe, con la consecuente pérdida de peso del control social, y la creación de un mayor espacio para conductas desviadas. Para estos dos estudiosos, la génesis de la conducta antisocial de aquellas minorías polacas tiene su origen en el desmoronamiento de los vínculos comunitarios, que era la base de la organización social originaria, cuando se insertan en un sistema capitalista desarrollado, cuyos objetivos y pautas prevalecen sobre los viejos valores ligados al espíritu de comunidad. El control social primario, entonces, se debilita y los instintos naturales del individuo, no controlados ni canalizados hacia otro sistema de normas considerado también válido, dan paso a la conducta irregular.

Por lo tanto, una de las contribuciones más importantes fue su idea de la “desorganización social” planteada como un fenómeno de orden sociológico que influye sobre el comportamiento de los individuos: “una organización social es un conjunto de convenciones, de actitudes y de valores colectivos que se imponen a los intereses individuales de un grupo social. Por el contrario,  la desorganización social, que corresponde a un declinar del influjo de las reglas sociales sobre los individuos, se manifiesta por un debilitamiento de los valores colectivos y un crecimiento y una valorización de las practicas individuales” (Cambiasso y Grieco,2000: 31)

La idea de desorganización social es entendida como “una disminución de la influencia de las reglas de conducta existente sobre los miembros individuales del grupo”. Por ello, según los autores, la única estrategia eficaz respecto a dicha patología social es incidir positivamente en las actitudes de las minorías desintegradas, generando un reacondicionamiento de las mismas que origine un nuevo instinto social, un nuevo impulso hacia la solidaridad activa. Pues, en último  término, el problema del emigrante no es otro que el de quién se encuentra en un nuevo escenario sin una guía moral por desconocer el “contrato social” o no haberlo internalizado plenamente.

El concepto de desorganización social queda ligado desde entonces al concepto de criminalidad, habiendo sido hecha mención en su obra a las crecientes tasas de criminalidad entre los inmigrantes polacos que emigraron de Polonia a América a principios del siglo XX, y donde argumentaron que el decreciente impacto de las normas y valores en una comunidad determinada produce desorganización en dicha sociedad.

Park, Burgess y MacKenzie son los autores de la primera obra que asume la teoría ecologista donde defienden que el crimen es producto de la desorganización propia de la gran ciudad, en la que debilita el control social y se deterioran las relaciones humanas, propagándose un clima de vicio y corrupción contagioso. Estos autores utilizaron esta explicación ecológica de la criminalidad y desarrollaron el modelo de ecología humana, o la teoría de las áreas concéntricas. En el modelo de dicha teoría, Park y Burgess definieron cinco áreas distintas en Chicago. La zona posterior al centro de negocios se define como la zona de transición, donde ocurre el delito principalmente. Argumentaron que las zonas de transición son únicas en cuanto a que, comparadas con otros lugares de la ciudad, poseen ciertas condiciones estructurales: de acuerdo con las altas tasas de delincuencia, estas zonas residenciales estaban caracterizadas por edificaciones pobres, decaimiento físico, población heterogénea, familias desintegradas, pobreza y movilidad residencial (Akers, 2000). La zona de transición se convierte no solo en la parte más desorganizada de la ciudad, sino también en esa parte donde los mecanismos de control social institucional son los más carentes (Reid, 2000). Según Sampson y Groves (1989), la desorganización social aparece cuando una comunidad es incapaz de hacer efectivos los valores comunes y mantener los controles sociales efectivos entre sus residentes. Elliot y Merrill (1961) expusieron que la desorganización social ocurre cuando hay un cambio en el equilibrio de las fuerzas, un fallo en la estructura social. La desorganización social es el proceso por el que las relaciones entre los miembros de un grupo se rompen (Kramer, 1943).

Estas teorías han tenido el mérito de llamar la atención sobre el impacto criminógeno del desarrollo urbano. Pero el contrapunto de ellas se basa en la fuerza atractiva de ciertas zonas, dándoles un papel de causa que no es cierto. En resumen, ciertas zonas atraen la delincuencia y hacen que se concentre en ellas, pero no crean esa delincuencia.

Las teorías subculturales defienden que el delito no es consecuencia del “contagio social” o de la desorganización como mantenían las teorías ecológicas, sino expresión de otros sistemas normativos (subculturales) cuyos valores difieren de los mayoritarios o incluso se contraponen a ellos.

Y las formulaciones más conocidas de las teorías del aprendizaje social o “social learning” se argumentan por medio de la asociación diferencial, defendida por Sutherland y Cressey, y postulan que el crimen no se hereda ni se imita, ni se inventa, no es algo fortuito o irracional, sino que se aprende en el curso de normales procesos de comunicación e interacción del individuo con sus semejantes. Aporta un modelo capaz de explicar la criminalidad de las clases medias y privilegiadas. Complementa a las teorías subculturales, aportando un matiz, la idea de que el crimen no procede de la desorganización social, sino de la organización diferenciada y del aprendizaje

Merton (1976), por su parte, afirma en referencia al concepto de desorganización social que la estructura social no funciona adecuadamente para conseguir los objetivos sociales deseados, de forma que se produce un “desajuste” general de los roles y sistemas de status de las diversas partes del sistema. Según este autor, las fuentes de desorganización social serían las siguientes:

  •  Valores e intereses enfrentados en función de su distinta posición en el sistema social (como los de obreros y patrones).
  •  Conflicto de obligaciones de status o rol ligadas a distintas áreas de la vida social: casa-trabajo, amistad-organización, etc.
  • Socialización defectuosa como resultado de que los individuos son incapaces de cumplir sus obligaciones sociales, lo cual demanda cambiar o bien los roles prescritos, o bien los procedimientos de socialización de determinados individuos.
  • Comunicación deficiente entre los miembros (personas) y subsistemas (instituciones, colectivos, etc.) del sistema social.

Como se ve, las variantes de desorganización social según su etiología identifican en realidad desajustes sociales sectoriales: componentes de la vida social (intereses, papeles sectoriales, comunicación y proceso de socialización) en que pueden darse discrepancias o conflictos de rol o de estatuto social acumulado entre individuos, colectivos o instituciones.

Comportamiento desviado o discrepante: el sistema está organizado, pero algunos individuos incumplen sus funciones sociales. Si las manifestaciones problemáticas de la desorganización tienden a ser difusas y generales, las de la desviación individual (delincuencia, problema mental, etc.) sueles ser más llamativas y perturbadoras de la vida social. Merton propone cuatro enfoques teóricos para explicar el comportamiento disconforme o discrepante:

  • Asociación diferencial (Sutherland y Cressey): la conducta disconforme se transmite mediante la asociación con personas y grupos cuya cultura  favorece tal conducta.
  • Estructura de la anomia y la oportunidad: la propia teoría de Merton reformulada por Cloward y Ohlin (1960) y con frecuencia usada para explicar la delincuencia. En esencia, se da un desequilibrio entre los fines sociales (que se traducen en aspiraciones generalizadas de los individuos) y los medios institucionales disponibles para alcanzarlos. Así, un adolescente que aspire –en función de los modelos e imágenes sociales dominantes- a tener un coche o la ropa último modelo, pero carece de los medios (trabajo, dinero, etc.) para conseguirlos, robará para obtenerlos.
  • Etiquetado social: la desviación es producida por el etiquetado y la estigmatización social y, secundariamente, por la respuesta de los individuos a esos procesos primarios de etiquetado.
  • Teoría del conflicto en sus versiones marxistas o críticas.

Retomando la perspectiva de la falta de control por parte de las instituciones tradicionales sobre los individuos por la que se inicia el cambio social conocido como desorganización social surge una importante teoría formulada en la Escuela de Chicago a comienzos de los años 20. La “teoría de la desorganización social” que puede ser definida como el declive de la influencia de reglas de comportamiento social existentes entre los individuos de un grupo. En esencia, como ya se ha mencionado anteriormente, la desorganización social es la consecuencia de la incapacidad de una comunidad de hacer efectivos los valores comunes y mantener un control social efectivo dentro de ésta. Esta teoría postula que la delincuencia no es causada a nivel individual, sino que la considera la respuesta natural de los individuos normales cuando se enfrentan a condiciones sociales anormales. En consecuencia, se ha perdido de forma indirecta el actuar en grupo y los individuos exhiben una libertad sin límites para expresar sus disposiciones y deseos, lo que a menudo resulta en un comportamiento delictivo (Short,1972).

La conexión entre desorganización social y delincuencia fue formalmente establecida por los sociólogos Shaw y McKay. Afiliados con la Universidad de Chicago y el Instituto de Investigación Social de Illinois, Shaw y McKay estaban interesados principalmente en el crimen y la delincuencia. Querían demostrar cómo el delito era una respuesta normal producida por las características sociales, estructurales y culturales de una comunidad y explicar cómo el comportamiento desviado se producía entre la clase baja y los ciudadanos de género masculino. Chicago era, en aquél entonces, una ciudad de pleno desarrollo industrial y cada vez más poblada por recientes inmigrantes de diferentes antecedentes raciales y étnicos, por lo que se ofrecía como un laboratorio social para el desarrollo de la criminología americana. Utilizando datos oficiales de delincuencia, Shaw y McKay elaboraron mapas de índices, zonas, puntos y marcadores. Al concluir su trabajo se plantearon discusiones detalladas sobre los índices de delincuencia en Chicago durante tres períodos de tiempo: 1900-1906, 1917-1923 y 1927-1933. Juntos produjeron una colección de libros e informes que ilustraban la distribución de los índices de delincuencia en Chicago y que discutían los procesos asociados con los valores y tradiciones de los delincuentes. El trabajo de Shaw y McKay estuvo influenciado por Robert E. Park y Ernes W. Burgess en tanto que el Modelo de Zonas Concéntricas se aplicó en un análisis del crecimiento urbano. Cinco zonas concéntricas se identificaron con un crecimiento característico en Chicago y en al menos otras 20 ciudades americanas en los años veinte. Específicamente, Shaw y McKay, usaron este análisis para describir la distribución de la delincuencia juvenil en detalle y para explicar por qué ya se había dispersado en las áreas urbanas (Shoemaker, 1996). Shaw y McKay creían firmemente que el triunfo sobre la desorganización social venía manifestado en la habilidad de los grupos inmigrantes para trasladarse a áreas residenciales más deseables (Short, 1972). El trabajo de Shaw y McKay jugó además un papel importante en la relación entre los hechos y la teoría en esta área de la investigación sobre la delincuencia. Sus aclaraciones representan las primeras explicaciones modernas sociológicas y sociales psicológicas sobre delincuencia y delito. De hecho, los conceptos, las hipótesis y la investigación resultantes de estas teorías han influido los análisis de la delincuencia y el delito en la mayor parte del siglo XIX.

Shaw y McKay creían que el concepto de desorganización social podría ser aplicado al paso de grupos de nacionalidad a través de una cuadrícula espacial de la ciudad. Al descubrir la existencia de una fuerte relación entre los índices de criminalidad y la evolución censal, Shaw y McKay exploraron el problema de delincuencia de las zonas céntricas de la ciudad en Chicago dentro del marco de los esfuerzos institucionales tradicionales para el control de la conducta de la generación más joven y futuras generaciones (Short, 1972). Sus variables dependientes fueron las tasas de delincuencia de la ciudad de Chicago, que fueron medidas por arrestos, comparecencias ante los tribunales y sentencias judiciales de compromiso institucional. Sus variables independientes fueron las condiciones económicas por áreas en millas cuadradas, la heterogeneidad étnica y el movimiento de la población. Estas variables estaban basadas en lugares donde vivían los delincuentes y consistían en hombres de 10 a 16 años que habían sido solicitados a comparecer ante el tribunal de menores (Shoemaker, 1996).

Existían cuatro supuestos específicos de desorganización social como explicación de la delincuencia. El primero, la delincuencia es mayoritariamente consecuencia  de un colapso de los controles institucionales y basados en la comunidad. La gente que vive en estas situaciones no se ha desorientado por propia voluntad, en lugar de esto, son vistos como individuos que responden de manera natural a las condiciones de un ambiente desorganizado. El segundo supuesto es el que afirma que la desorganización de  las instituciones basadas en la comunidad es a menudo un resultado de la rápida industrialización, urbanización y procesos de inmigración que ocurren principalmente en zonas urbanas. El tercero, la efectividad de las instituciones sociales y el atractivo de las zonas residenciales y de negocios se corresponden muy de cerca con los principios naturales y ecológicos que están influenciados por los conceptos de competición y dominio. Este supuesto asocia  el término “enfoque ecológico” con la explicación de la delincuencia de la desorganización social. El cuarto supuesto es que las áreas socialmente desorganizadas llevan al desarrollo de valores y tradiciones criminógenos que reemplazan los convencionales y que se autoperpetúan (Shoemaker, 1996).

Cuatro conclusiones diferentes resultaron de la investigación de Shaw y McKay. La primera es que las tasas de delincuencia juvenil eran consistentes con un patrón espacial ordenado. Las tasas más altas se encontraron en las zonas céntricas de la ciudad y declinaban con la distancia al centro de la ciudad. La segunda es que existía un patrón espacial idéntico revelado por varios otros índices de problemas sociales. La tercera es que el patrón espacial de las tasas de delincuencia mostró una significativa estabilidad a largo plazo aun cuando la estructura de nacionalidad de la población de las áreas céntricas de la ciudad había cambiado mucho a lo largo de las décadas. Por último, dentro de las áreas céntricas de la ciudad el proceso de volverse delincuente se daba por medio de una red de relaciones interpersonales que implicaban a la familia, las bandas y el vecindario. Observando que los mismos vecindarios habían tenido prácticamente las mismas tasas de delincuencia a pesar del grupo étnico que se hubiera instalado, Shaw y McKay establecieron que “todos los grupos de nacionalidades evidencian la misma tasa de delincuencia juvenil en las mismas áreas urbanas y que la nacionalidad no está relacionada de forma vital a la delincuencia juvenil” (Shaw, 1969). Determinaron que la delincuencia estaba relacionada con los barrios y que no era el resultado de las características personales de la gente que vivía en ellos, sino el resultado de un fuerte efecto del barrio en sí mismo.

Existen algunas críticas al trabajo de Shaw y McKay dignas de mención. En primer lugar, la desorganización social como una explicación de la delincuencia resta importancia a la importancia de los factores étnicos y culturales. Algunas etnicidades pueden fomentar la actividad criminal donde los delitos no estarían considerados como un acto delictivo o incorrecto dentro del entorno cultural en los que tales actividades son cometidas. Además, la duplicación del trabajo de Shaw y McKay en diversos países ha apoyado normalmente su argumento de que las tasas de delincuencia son más altas en áreas de declive económico e inestabilidad. Sin embargo, tal investigación no ha reproducido los resultados de las tasas decrecientes que se van dando del centro de la ciudad hacia las afueras. De hecho, en algunos países los ciudadanos más adinerados se ubican cerca del centro de la  ciudad, mientras que las zonas más pobres de la ciudad se encuentran cerca de sus límites. Por no mencionar que el trabajo de Shaw y McKay no aborda la no-delincuencia en las zonas delictivas. El largo porcentaje de no-delincuentes en zonas delictivas debería ser abordado si esta teoría pretende ser considerada una explicación fundamental de la delincuencia. Si se compara a las medidas no oficiales de delincuencia, el uso de las actas oficiales de los tribunales debería disminuir el porcentaje de la delincuencia reconocida en la investigación de Shaw y McKay. No es realista esperar que una teoría pueda explicar todos los casos de delincuencia. En resumen, la teoría de la desorganización social desarrollada por Shaw y McKay ha señalado a causas sociales de la delincuencia que parecen estar ubicadas en áreas geográficas específicas. De hecho, la teoría ha contribuido a la comprensión de la delincuencia, pero la falta de especificación de por qué las tasas de delincuencia se encuentran concentradas en ciertas zonas de una ciudad reduce el valor de la teoría (Shoemaker, 1996).

En los últimos años los estudios ecológicos ya desarrollados por la Escuela de Chicago por Shaw y McKay han vuelto a recibir nuevos impulsos de investigadores como Bursik, Webb, Groves y Sampson.

Según estos autores las causas del delito no deben buscarse en rasgos individuales de la persona, sino en factores sociales y estructurales que vienen establecidos por la comunidad en la que vive.

En la Teoría de  la Desorganización Social puede derivarse la hipótesis fundamental de que cuando en una comunidad se dan las siguientes características:

  • Un estatus socio-económico bajo
  • Una alta movilidad de la población
  • Una heterogeneidad étnica o nacional
  • Un deterioro familiar

Tiende a producirse una desorganización social en dicha comunidad que se traduce en incrementos en las tasas de delito. Así, las investigaciones de estos autores indican cómo determinados barrios mantienen sus índices delincuenciales a pesar de que la movilidad de sus habitantes es alta y, por tanto, no habitan en ellos las mismas personas de manera continua.

Los denominados guetos son muestra de que los factores señalados, la existencia de graves desigualdades con el resto de la sociedad, la discriminación a la hora de acceder a las oportunidades y recursos y la pobreza generalizada son causantes de la actividad delictiva. En estos barrios sólo permanecen los que no tienen recursos para marcharse a mejores zonas de la ciudad, por lo que cada vez el barrio se empobrece y se margina aún más.

En los años 30 la Escuela de Chicago se convirtió en el más claro referente de este tipo de modelos al tratar de explicar el desarrollo de núcleos delictivos en las nuevas urbes americanas experimentando una rápida expansión industrial, así como fuertes movimientos migratorios, como consecuencia de la ‘desorganización social’ que se generaba en estos contextos.

Hoy en día el problema de la delincuencia urbana es diferente y las ciudades de hoy no son como las ciudades de principios del siglo XX. Algunos problemas son diferentes, frente a la rápida industrialización hoy nos encontramos en los países más desarrollados con una situación de rápida desindustrialización que ha generado nuevos modelos urbanos. Y viejos factores, como los movimientos migratorios, han cambiado en carácter con la expansión de la globalización. Estos modelos ecológicos de la delincuencia tratan de entender de qué forma estos cambios urbanos y condiciones sociales generan la geografía social del delito. Así, por ejemplo: los partidarios de la nueva escuela de la desorganización social aluden a factores tal y como la falta de capital social, la dificultad para definir y alcanzar objetivos comunitarios comunes y para ejercer formas informales de control social, sobre todo en el contexto del abandono estatal, la segregación espacial de minorías fundadas en prácticas privadas y políticas públicas, y la falta de inversiones privadas en determinadas comunidades. Los partidarios de teorías anómicas o de la presión estructural, por otro lado, pueden destacar de forma más notoria la ausencia de oportunidades legítimas para el desarrollo de identidades positivas y prosociales para jóvenes en comunidades marginales. Mientras que, por otra parte, las teorías de la oportunidad destacan la distribución no aleatoria en espacio y tiempo de las oportunidades delictivas, así como la necesidad de ir más allá de explicaciones ecológicas tradicionales que asocian lo malo (pobreza) con lo malo (delito), cuando la distribución del delito (no de la residencia de los delincuentes) a veces responde a otros factores (por ejemplo, hurto de tiendas depende de la geografía de las tiendas, la de los altercados violentos a menudo está ligada a la geografía de bares, etc.). Cada modelo teórico de la delincuencia, de forma explícita o implícita, trae consigo un determinado programa político criminal y político preventivo. Desde la perspectiva de las teorías ecológicas la conexión es evidente. El Proyecto de las Áreas de Chicago: Los primeros programas de prevención comunitaria se encontraban fuertemente influenciados por las teorías de la escuela de Chicago y, posteriormente, por modelos teóricos basados en la teoría de la anomia y la falta de oportunidades legítimas. La teoría de la desorganización social propuesta por Shaw y McKay estaba basada en observaciones empíricas de la correlación entre determinadas características de los barrios y la densidad de delincuentes que residían en los mismos. Estos autores documentaron cómo los barrios con un mayor nivel de movilidad residencial, diversidad de grupos étnicos, pobreza general y deterioro físico presentan un mayor nivel de delincuencia. En estas condiciones las comunidades residenciales encuentran problemas para actualizar sus valores comunes. Shaw y McKay pensaban que las condiciones socioeconómicas de estos barrios influían negativamente en la capacidad de los residentes para desarrollar una vida asociativa capaz de canalizar a los jóvenes hacia motivaciones convencionales, limitaban la capacidad de los residentes para desarrollar de forma efectiva el control social informal de las actividades de los jóvenes y facilitaban la exposición de los jóvenes a valores, modelos y comportamientos desviados. Esto es lo que Shaw y McKay llamaban desorganización social. La premisa es que dadas las condiciones sociales en áreas con altos niveles de delincuencia, el comportamiento delictivo en la mayoría de los casos era simplemente el producto directo de un proceso de aprendizaje social.

Otras numerosas teorías han utilizado el concepto de desorganización social para apoyar sus formulaciones: en la Teoría de la frustración/privación de Agnew (1992, 1997,1999) se integran a nivel macro las teorías de la desorganización social y de las actividades cotidianas, entre otras; La Teoría de la subcultura de Fischer (1975) aunque utiliza muchas de las variables de la teoría de la desorganización social, le presta poca atención a la organización comunitaria en su conjunto (variable central de la teoría madre); La Teoría del desafío de Sherman (1993) conjuga la desorganización social con ideas sobre las subculturas, la vergüenza y el acceso a la justicia e incluye componentes adicionales de la teoría de la disuasión y de la teoría del propio yo; La Teoría de la Asociación Diferencial de Sutherland parte de una concepción culturalista de la desorganización social, según la cual, constituía el síndrome de la ruptura de los viejos cánones culturales y en este ámbito, donde comienza a formarse los nuevos valores, aparecen comportamientos desviados y criminales opuestos y negadores de los otros; La Teoría de la Anomia, que conceptualiza la anomia como la falta de normas o incapacidad de la estructura social de proveer a ciertos individuos lo necesario para lograr las metas de la sociedad, expresa el fenómeno patológico de desorganización social; La Teoría de las Ventanas Rotas de J. Wilson y G. Kellins esgrime la tesis de que los vidrios rotos de las ventanas que no son reparados oportunamente desencadenarán en espiral un mayor problema de desorganización social; La Teoría de la Vergüenza reintegradora de Braithwaite (1989) retoma en parte elementos de la teoría de la desorganización social y en parte de la teoría de la anomia; etc.

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