Desvictimización

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La desvictimización es entendida como un proceso y un derecho victimal por el cual se extienden los mecanismos y variables necesarias para atender una recuperación global de la víctima. Es un proceso continuo sumado a la reparación económica de la misma. El proceso de desvictimización estriba en lograr que una víctima deje de serlo y recupere de nuevo el control sobre su propia vida. Desvictimizarse permite desprenderse de la culpa, la vergüenza, la resignación, el miedo y todas aquellas creencias que mantienen a las víctimas sujetas al dolor y al sufrimiento, permitiéndolas tomar consciencia y haciéndoles partes activas en su evolución personal para reconstruirse y transformarse desde y con ellas emocional y socialmente. El fin último de la desvictimización, por tanto, no es sólo dotar a la persona de elementos que le ayuden a resistir de forma pasiva y a superar situaciones difíciles, sino capacitarles para recuperar el gobierno de su propia vida, impidiendo estancarse en la victimización.

"Si nuestro avión de papel, que simboliza nuestra vida, nos los destruyeran haciéndole una bola o nos lo rompieran por la mitad, podríamos volver a repararlo o bien pegándolo o bien estirándolo concienzudamente, aunque nunca quedaría igual que antes. Aun así, con entrenamiento y recursos propios podremos volver a darle forma para que de nuevo emprenda el vuelo". Laura Gómez (2016)

En contraposición con el extendido y más estudiado proceso de victimización por el cual una persona llega a convertirse en víctima, la desvictimización es entendida por aquellos mecanismos y variables por los cuales una persona victima recupera de manera integral su vida. Dicho proceso figura como uno de los grandes desafíos de la Victimología[1] actual, pues se hace necesario incorporar a las necesidades y derechos victimales este proceso en pro de promover políticas asistenciales más integrales y efectivas para lograr cubrir así las demandas de las victimas desde una perspectiva más individualizada y coherente con la diversidad del ser humano.

“La construcción de los derechos victimales es, por lo tanto el  reconocimiento y  el homenaje que les debemos a las víctimas”. Antonio Bereinstain.

La desvictimización se presenta como un derecho a devolver a la víctima la dignidad y el poder sobre su persona.

 

 

[1] La Victimología se definió en el I Simposio Internacional (Jerusalén, 1973) como “el estudio científico de las víctimas”

De la misma manera que no hay delito sin víctima, no hay víctimas sin personas. Personas que aún con vidas rotas que cuentan con herramientas propias para reconstruirse y transformarse emocional y socialmente. El proceso de desvictimización consiste en conseguir que una persona víctima deje de serlo y que vuelva así a gobernar su vida. Desvictimizarse permite despojarse de la culpa, la vergüenza, la resignación, el miedo y todas aquellas creencias que las mantienen sujetas al dolor y al sufrimiento y no las deja visualizar y tomar partido en su construcción y/o reconstrucción vital desde donde están hasta donde eligen ir.

Afortunadamente cada vez más y desde más se ángulos se está  empezando a adoptar una postura más cercana y empática con la figura de la víctima, despertando a nivel comunidad la inquietud de querer contribuir y ser parte activa para con la víctima, apostando para poner en marcha todos los recursos disponibles en busca de su pronta y óptima recuperación. Recursos que completan de manera integral las demandas de las víctimas: apoyo jurídico, material, económico, social, sin olvidar la parte emocional. No obstante a dichos componentes externos (totalmente imprescindibles) debemos sumar con aquellos otros factores individuales (ocultos hasta ahora) que parten desde la víctima para lograr una desvictimización real y efectiva.

Se requiere una actitud activa por parte de la víctima para su recuperación. Es decir, a la defensa legal, a la intervención y atención sanitaria, información y asesoramiento, acompañamiento en el proceso, se le ha de sumar la actuación con y desde la víctima, acción que se presupone directa y activa dentro de su proceso de evolución personal dinámico, interrelacionado con elementos propios susceptibles de entrenamiento y desplegar. Entre dichos factores inherentes a la persona se encuentran los que a continuación se exponen:

  1. La resiliencia[1]: dota a la persona de las competencias necesarias para enfrentarse y transformarse frente a situaciones que provocan sufrimiento. Trabajar y entrenar la comunicación, la capacidad de resolver problemas, tener sentido del humor, metas, ser optimista, entre otras cualidades, multiplican la resiliencia inherente en cada persona. La resiliencia implica la idea de la resistencia ante la adversidad. Así ante un suceso traumático, las personas resilientes consiguen mantener un equilibrio estable sin que afecte su rendimiento y a su vida cotidiana. A diferencia de aquellos que se recuperan tras un periodo de disfuncionalidad, los individuos resilientes no pasan por ese periodo, sino que permanecen en niveles funcionales a pesar de la experiencia traumática. “Todos nacemos con una resiliencia innata, y con una capacidad para crear rasgos y cualidades que nos permiten ser resilientes, tales como el reconocimiento y la relación social (flexibilidad, empatía, habilidad para comunicarse, sentido del humor y capacidad de respuesta, habilidad para resolver problemas ( elaborar estrategias, solicitar ayuda, creatividad y criticidad), autonomía (sentido de identidad, autosuficiencia, conocimiento propio, competencia y capacidad para distanciarse de mensajes y condiciones negativas) ,propósito y expectativas de un futuro mejor ( metas , aspiraciones educativas, optimismo, fe y espiritualidad)” . BERNARD, 1991. Echeburúa (2004), por su parte, nos ofrece una relación de estrategias adecuadas e inadecuadas a las que una víctima puede recurrir para hacer frente al suceso y que, sin duda, repercutirán en su proceso de recuperación
  • Aceptación del hecho y resignación.
  • Experiencia compartida de dolor y pena.
  • Reorganización del sistema familiar y de la vida cotidiana.
  • Reinterpretación positiva del suceso.
  • Establecimiento de nuevas metas y relaciones.
  • Búsqueda de apoyo social.
  • Implicación en grupos de autoayuda o en ONG.

Echeburúa (2004), señala además que hay personas que se muestran resistentes a la aparición de síntomas clínicos tras la experimentación de un suceso traumático y que, aunque sufren, son capaces de hacer frente a la vida cotidiana. Estas personalidades resistentes al estrés se caracterizan por lo siguiente:

  • Control de las emociones y valoración positiva de uno mismo.
  • Estilo de vida equilibrado.
  • Apoyo social y participación en actividades sociales.
  • Implicación activa en el proyecto de vida (profesión, familia, actividades de voluntariado, etc.)
  • Afrontamiento de las dificultades cotidianas.
  • Aficiones gratificantes.
  • Sentido del humor.
  • Actitud positiva ante la vida.
  • Aceptación de las limitaciones personales.
  • Vida espiritual.

Una vez identificadas las necesidades de la víctima y el impacto de la situación, deberemos explorar el rango de alternativas de solución de esas necesidades contando con los propios recursos de afrontamiento de la persona, tanto interno como externo o comunitario. Los recursos internos, siguiendo a Rubin y Bloch (2001), hacen referencia a las características personales de la víctima y a sus habilidades de afrontamiento. Lo más importante es conocer las propias potencialidades y recursos de la víctima y hacer uso de ellos en la situación actual.  Entre los objetivos, citados por diversos autores como generales, a este respecto encontramos, entre otros, restablecer el sentido de autocontrol y autodominio, aumentar la autoestima y el respeto a uno mismo, establecer o facilitar la comunicación (entre las personas en crisis, instituciones, etc.), ayudar al individuo o a la familia a que perciban correctamente la situación, ayudarles en el manejo de emociones y sentimientos, aumentar la capacidad de afrontamiento, mejorar el conocimiento y la capacidad de utilizar recursos existentes, mejorar la capacidad y habilidades de comunicación.

  1. Autoestima: Característica presente y más significativamente herida en las victimas. Nuestra autoestima depende de cómo nos sentimos, cuidamos y veamos a nosotros mismos. Por lo que se hace imprescindible aumentar la autoestima y el respeto a uno mismo a modo de combustible en el proceso de recuperación de la víctima. Cuando desarrollamos nuestras fortalezas o poder interno, nos estamos edificando más sólidamente; estamos asumiendo nuestro propio potencial y sacándolo a la luz por encima de nuestros límites psicológicos y nuestros fracasos. A medida que se avanza en el proceso de curación, la perfección de uno mismo a oscilando, al principio cuando se tienen los primeros recuerdos, luchando por aceptar la verdad de lo que ocurrió puede que incluso uno se sienta peor que nunca. Muchas veces los sentimientos de vergüenza, de impotencia de odio contra uno mismo están enterrados junto con los recuerdos y a medida que estos van aflorando, también van surgiendo estos sentimientos. Sin embargo la curación no consiste solo en enfrentar el dolor, es también aprender a quererse a uno mismo. A medida que pasas de sentirse victima a sentir orgullo de ser un superviviente, habla destellos quizá de orgullo y satisfacción (efectos secundarios de la curación personal). Recuperar la autoestima supone aprender a confiar en uno mismo, en los sentimientos. Cada víctima es el mejor juez de lo que le ocurrió.

       3. Autocontrol: refuerza el tener la capacidad de influir en el entorno ante situaciones que se presenten dificultosas, pautando así presupuestos a tener en cuenta a la hora             de poner en marcha mecanismos hacia la desvictimización. El autocontrol cognitivo y emocional nos permite tomar decisiones para responder frente a situaciones de                     estrés o en presencia de agentes estresantes o traumáticos de modo que se generen en la persona un nuevo repertorio de respuestas aumentando la sensación de                             seguridad al poder de alguna manera influir en el entorno social, las relaciones y reduciendo así los efectos negativos posteriores.

 

 

[1] Término que proviene del verbo latino resilio, resiliere: saltar hacia atrás, rebotar. Se utiliza en mecánica según la RAE, para referirse a la capacidad de un material elástico para absorber y almacenar energía de deformación. En su acepción psicológica, se utiliza para referirse a la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas

Por todo ello el objetivo base de la desvictimización sería dotar a la persona víctima de elementos que no sólo la permitan resistir pasivamente y superar así una situación dolorosa, sino dotarla además de todas las herramientas y recursos para que entrenándolos le permitan sentir que vuelven a recuperar el control sobre su vida, impidiendo así una posible parálisis vital por una victimizacion crónica.

Por todo ello, el objetivo base de la desvictimización sería dotar a la persona víctima de elementos que no sólo la permitan resistir pasivamente y superar así una situación dolorosa, sino dotarla además de todas las herramientas y recursos para que entrenándolos le permitan sentir que vuelven a recuperar el control sobre su vida, impidiendo así una posible parálisis vital por una victimizacion crónica.

A razón del término a tratar y lejos de crear una culpabilidad (de por sí presente en las tipologías victimales), ser conscientes de la responsabilidad que tienen las víctimas para con su recuperación les hará partícipes activas de su transformación y reconstrucción personal e interna, emocional y actitudinal. Es por ello, y como términos relacionados, de la misma forma que nos autovictimizamos[1] también tenemos la capacidad de autodesvictimizarnos generando desde nosotros mismos amortiguadores, facilitando el proceso de recuperación posterior. Autodesvictimizarse supone aprender y entrenar herramientas propias para promover nuevas acciones enfocados a los nuevos contextos viales

La víctima va a ser quien desarrolle las condiciones favorables para lograr dejar de ser víctima. Ese proceso pasa en primer lugar por entender lo que pasó, que no podemos cambiar el hecho pero que si podemos cambiar la percepción y cómo afecta ese hecho en nuestra vida. Se hace necesaria una participación consciente y voluntariamente que permitirán construir nuevas perspectivas vitales a través de los recursos propios. Autodesvictimizarse es un proceso dentro de la desvictimización que supondría una intervención interna y personal para re-crearse desde sí mismo una nueva realidad.

 

 

[1] El término de autovictimización ha sido muy utilizado por Luis Rodríguez Manzanera, quien propone ejemplos de casos en los que no existe conducta antisocial, pudiendo ser por imprudencia o voluntariamente, accidentes laborales y formas de autopunición (por ejemplo persona que se automutila para cobrar un seguro)

Autodesvictimizarse, autovictimizarse, Justicia Restaurativa, victimización secundaria, revictimización.

Alvárez Sobredo, M. (1997). Juventud y victimización en la sociedad española. Anuario de Psicología Jurídica, pp. 109 -119.

Andréu Fernández, Alejandra, (2008). La víctima en la función policial. Toledo : Editorial de Estudios Victimales.

Beristain, Antonio (2000). Victimología, 9 palabras clave. Valencia: Ed. Tirant Lo Blanch.

Ellen Bass y Laura Davis (1995). El coraje de sanar. Guía para mujeres supervivientes de abusos sexuales en la infancia. Barcelona: Ed. Urano.

Laguna Hermida, Susana (2012). Manual de Victimología. Salamanca: Ed. Solo soluciones.

Landrove Díaz, G. (1998). La moderna victimología. Valencia: Tirant lo Blanch.

Lorenzo Morillas, David. Patró Hernández, Rosa María. Aguilar Cárceles, Marta María (2014). Victimología: un estudio sobre la víctima y los procesos de victimización. Madrid : 2ªed.DIKINSON.

Navarro Olasagasti, Naiara (2007). Aspectos psicológicos básicos para la atención a las víctimas por parte de los Cuerpos de Seguridad. Bilbao: Ed. Arco.

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