Gestión del riesgo de reincidencia

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Podemos entender Gestión del riesgo de la reincidencia a todas aquellas actividades e instrumentos utilizados y gestionados por los profesionales responsables de la evaluación y prevención del riesgo, que tienen como objetivo la adopción de medidas eficaces para la prevención de la reincidencia. Existen factores personales, familiares y sociales que pueden favorecer el riesgo de reincidencia, así como factores de protección individuales, sociales, creencias saludables y sólidos modelos de comportamiento que pueden prevenirla. Para valorar el riesgo de reincidencia, es necesaria la utilización de instrumentos para la evaluación de los individuos en riesgo, a través de los datos obtenidos de fuentes fiables, con el objeto de establecer el nivel de riesgo de reincidencia de los sujetos evaluados. Los resultados obtenidos se utilizan para crear medidas específicas y eficaces que contribuyan a la prevención de la reincidencia. Estas son implementadas a través programas de tratamiento adaptados a la situación específica del sujeto en riesgo.

La imagen representa una señal de "precaución" .

Analizando el término “Gestión”, podríamos afirmar que este conlleva la asunción y ejercicio de responsabilidades sobre un proceso. Entendiéndolo también, como un conjunto de trámites a realizar para resolver un asunto. Entendemos “Gestión de riesgo” (traducido al inglés Risk management/Manejo de riesgos) como un enfoque estructurado que tiene por objeto el manejo de la incertidumbre en relación a una amenaza, observado a través de una serie de actividades realizadas por personas que incluyen la evaluación de riesgo. Por otro lado, la “Reincidencia” se entiende como la reiteración de una misma culpa o defecto (RAE). Es por ello, que cabría englobar dentro  de la “gestión de riesgo de reincidencia” todas aquellas actividades e instrumentos utilizados y gestionados por los profesionales responsables de la evaluación  y prevención del riesgo, que tienen como objetivo la adopción de medidas eficaces para la prevención de la reincidencia.

La “Gestión de riesgos”, se puede realizar mediante instrumentos que valoren y analicen la existencia de  un posible riesgo de una determinada persona pueda cometer algún tipo de violencia, en un periodo determinado, a corto o medio plazo. Estas herramientas no sólo son utilizadas para la determinación del riesgo, también se utilizan para su gestión.

Una evaluación del riesgo de violencia y reincidencia, nunca es completa, es decir, no está acabada totalmente, está se basa en una estimación de probabilidades. Por lo cual, resulta de gran interés obtener la siguiente documentación:

  • Una historia (Clínica, penal y social), realizada de forma detallada, con la certeza de que la información obtenida es fiable.
  • Un examen de los expedientes médicos (psicológicos y psiquiátricos), del agresor, de la víctima y posibles antecedentes familiares de una enfermedad mental.
  • Declaraciones de familiares, cuidadores, así como otro tipo de historias que se desarrollen de forma paralela (como amigos, compañeros de trabajo, etc.)
  • Participación de otros profesionales relacionados con la intervención, como educadores sociales, psicólogos, criminólogos, etc.

Para poder realizar una correcta valoración del riesgo, no basta con la intuición profesional o con la experiencia, es necesario la utilización de herramientas de evaluación diseñadas bajo una estricta metodología científica. (Sánchez Herrero, N., 2014). Cabría destacar las siguientes herramientas para la valoración del riesgo:

HCR-20. Guía de valoración del riesgo de la violencia.

Está diseñada para predecir y gestionar el riesgo de la violencia futura en grupos de personas con enfermedad mental o en personas que han cometido uno o varios delitos violentos. Su aplicación práctica se relaciona con la valoración de los permisos temporales, la libertad condicional, grado de internamiento y el acceso al tercer grado penitenciario. Se utiliza para evaluar el riesgo de violencia física grave, en poblaciones con trastornos mentales o de personalidad. Se compone de 20 ítems divididos en tres categorías, históricos, clínicos y de riesgo.

SVR-20: Manual de valoración del riesgo de la violencia sexual.

Elaborado por Boer, Hart, Kropp y Webster en 1997, en el Mental Health, Law, and Policy Institute de la Simón Fraser University (Vancouver, Canadá). El diseño de este se lleva a cabo por la necesidad de evaluar el riesgo de la violencia sexual desde una perspectiva más sistemática, mejorando la precisión de los resultados obtenidos, con el objeto de planificar las intervenciones de manera más elaborada, con una mejora de eficacia de estas. (Sánchez Herrero, N., 2014)

Como factores de riesgo de que se compone la herramienta SVR-20, cabe diferenciar tres grandes grupos: Funcionamiento psicosocial del individuo, antecedentes delictivos y proyectos de futuro.

SARA. Manual de valoración de riesgo de violencia contra la pareja.

Esta herramienta de valoración, fue diseñada por Randall, Hart, Webster y Eaves (1995) demostrando su efiacia en la actualidad en países como Canadá, EEUU, UK, Alemania y Holanda. Con el uso del SARA se han obtenido resultados de evaluación correcta de reincidencia bastante destacables, esta se considera una de las herramientas de mayor potencial y proyección. La utilización de SARA, es importantes antes de los juicios (tras la denuncia y detención del agresor), pero también de forma previa a la sentencia (se valora la posibilidad de libertad condicional o reclusión). Divide sus factores de riesgo en cuatro grupos: Historial delictivo, ajuste psicosocial, historial de violencia contra la pareja y delito/agresión actual.

PCL-R. Escala de evaluación de psicopatía de Hare revisada.

Esta herramienta trata de evaluar un constructo amplio, recogiendo atribuyendo cuatro facetas de la psicopatía; Interpersonal, afectiva, estilo de vida y antisocial, a las que proporciona medidas separadas. La evaluación por el PCL-R, es estable en el tiempo, mostrando una buena fiabilidad. Entre otras virtudes, es capaz de valorar el engaño y la manipulación, esta última, una de las características que más se asocia a la psicopatía. El PCL-R se compone de 20 ítems (juicio clínico) los cuales puntúan de manera independiente a raíz de la descripción clínica que se otorga en el manual. La información de la que se debe partir para efectuar la evaluación es la obtenida a partir de la entrevista semi-estructurada y fuentes de información colateral, como pueden ser familiares o amigos.

SAPROF. Manual para la valoración de los factores de protección para el riesgo de la violencia.

Es una guía diseñada para ser utilizada en combinación con otras herramientas de valoración del riesgo, como puede ser el HCR-20 o el SVR-20. Con ello, se puede obtener una valoración más equilibrada del posible riesgo futuro de violencia o violencia sexual, dirigiendo una mayor atención a la prevención de la violencia desde un enfoque positivo al tratamiento. SAPROF, contiene una serie de factores de protección para el riesgo de la violencia, que podrían dividirse en factores internos (5), factores motivacionales (6) y factores externos (6).

SAVRY. Manual para la valoración estructurada de riesgo de violencia en jóvenes.

Se trata de una herramienta de valoración del riesgo de violencia juvenil, sirve para la estimación del riesgo de reincidencia en adolescentes. Se compone de 24 Ítems de riesgo, entre los que encontramos 10 ítems históricos, 6 ítems sociales/contextuales, 8 ítems individuales y 6 ítems de protección.

ERASOR. Estimate of Risk of Adolescent Sexual Offense Recidivism.

Esta herramienta está orientada para ayudar a los evaluadores a la estimación del riesgo de la violencia sexual, en edades comprendidas entre los 12 y 18 años, para ello previamente deben haber cometido un delito sexual. Consta de 25 factores, que se ordenan en 5 categorías: Intereses, actitudes y comportamientos sexuales, Delitos sexuales anteriores, funcionamiento psicosocial, funcionamiento familiar / entorno y tratamiento, pudiendo añadir otro factor en caso de que la evaluación del menor se oriente hacia un interés de análisis especial.

PCL: YV. Para la medición de la psicopatía juvenil.

Se trata de varias herramientas para evaluar la psicopatía juvenil. Destaca la necesidad de construir herramientas que identifiquen este constructo desde jóvenes, con el objeto de mejorar la intervención. El PCL: Y, se compone de 20 ítems que evalúan los mismos rasgos evaluados en la población de adolescentes (realizados con PCL-R). Está diseñada para ser usada en edades comprendidas entre los 14 y 21 años respectivamente.

Si realizamos un análisis de los factores de reincidencia, cabe distinguir entre factores personales, familiares y sociales,  los cuales se relacionan con la posible reincidencia en el delito.

  • Factores personales: Habilidades deficientes para controlar las situaciones, distorsiones cognitivas, impulsividad o tendencia a esta, rigidez cognitiva, escasez de metas realistas, locus de control externo en la atribución de la causalidad, egocentrismo, baja autoestima, agresividad, hostilidad hacia sus víctimas y la presencia de aspectos o elementos psicopáticos.
  • Factores familiares: Valores y estilos de vida relacionados con la delincuencia en la familia, problemas con el alcohol, ludopatía, discordia conyugal entre los padres, déficit afectivo, escasa comunicación, patrones inadecuados, inexistencia de pautas educativas, criterios normativos autoritarios, rígidos, cambiantes, marginación socioeconómica, escasos recursos económicos y culturales, familias numerosas con hijos no deseados, etc.
  • Sociales: Representados por la influencia del entorno rural o urbano y el marginal (modelos de valores y conductas no adaptadas).

Los factores protectores se pueden agrupar según la teoría de Howell (1997), en tres grupos:

  • Factores protectores individuales: En estos se incluyen, factores como el género femenino, alta inteligencia, habilidades sociales, locus de control interno (Garrido y López, 1995), temperamento resistente etc.
  • Vínculos sociales: Estos incluyen la afectividad, el apoyo emocional, buenas relaciones familiares etc.
  • Creencias saludables y sólidos modelos de comportamiento: Como el aprendizaje de normas y valores sólidos, compromisos con los valores morales y sociales así como unos buenos modelos de referencia.

En gran parte de los estudios que se han realizado sobre reincidencia delictiva hemos podido observar que se utiliza la denominada Reincidencia penitenciaria, haciendo referencia a las personas que habiendo salido de un centro penitenciario al vuelto a delinquir, motivación por la que han vuelto a ingresar de nuevo en el centro penitenciario. Cabe distinguir varios tipos de reincidencia:

Reincidencia por autoinculpación.

Se lleva a cabo mediante encuestas o entrevistas que se realizan  a los propios delincuentes, tras un determinado tiempo fuera de prisión. Para realizar análisis de este tipo de reincidencia, es primordial que la selección de la muestra inicial se haya realizado correctamente, en el momento de salida del centro penitenciario o centro de reforma de menores. Hay que tener en cuenta toda clase de delitos y perfiles, para que la conclusión del estudio sea representativa.

Reincidencia policial.

La reincidencia policial empieza a contabilizarse al producirse un segundo o posterior atestado policial con sujeto que ya estuvo anteriormente involucrado. Resulta fundamental que las bases de datos policiales estén actualizadas, ya que de la citada base se recogerán los antecedentes policiales. El hándicap de este tipo de investigación, puede ser que la persona que ha sido detenida, puede resultar de forma posterior, no culpable.

Para poder realizar el análisis de reincidencia policial es necesario tener acceso y recoger datos de todas las bases de datos policiales, por lo que resulta una dificultad añadida, ya que no todos los cuerpos policiales utilizan similares metodologías para actualizarlas.

Reincidencia penal.

El análisis de la reincidencia se basa en el segundo o posterior procesamiento por un nuevo hecho delictivo, este hace referencia a la reincidencia penal. Como fuente para realizar el estudio se utilizan los antecedentes penales que figuran en las bases de gestión estatal, por lo que existe una dificultad añadida, debido entre otras por la prescripción de delitos.

Reincidencia penitenciaria.

Hacemos referencia a reincidencia penitenciaria cuando una persona que ha salido de un centro penitenciario por haber cumplido una condena, vuelve a cumplir una nueva condena o pena, debiendo ingresar de nuevo en el centro penitenciario. Un error con el que podemos encontrarnos, es el hecho de que el delincuente o infractor salga a otros países y en estos vuelva a cometer un hecho delictivo, por lo que dicho delito no constará en las bases de datos del país de  procedencia de la persona delincuente.

La evaluación de la eficacia de los programas aplicados a delincuentes en relación a una futura reincidencia, conlleva el hecho de poner en relación variables como:

  • Delimitar en que consistió el programa aplicado, cuánto tiempo ha durado, cual es la diferencia con otros programas, etc.
  • Mediante el seguimiento de sujetos que pasaron por el programa, medir (mediante indicadores de reincidencia, como podría ser, apresamiento por nuevos delitos, nuevas condenas, delitos graves, etc.).
  • Cuántos de ellos han cometido delitos en determinados periodos y cuál es el número de delitos que cometieron.

La mejor medida de evaluar la eficacia de un tratamiento (Redondo, 2008) a personas condenadas seria la reincidencia, aunque tendría dificultad evaluar el efecto del tratamiento en caso de una futura reincidencia, puesto que en la evaluación intervienen muchos factores.

Tratamiento del agresor doméstico.

Tratamiento psicológico.

En este tipo se hace necesaria la intervención psicológica en el tratamiento psicológico de los agresores domésticos, junto a otras de las medidas judiciales y sociales.

Muchos de los agresores son responsables de sus conductas, aunque pueden presentar limitaciones psicológicas importantes en el control de impulsos, abuso de alcohol, un sistema de creencias, deficientes habilidades de comunicación y problemas en la resolución de problemas, deficiencias en el control de los celos, etc.

Un tratamiento psicológico (que en algunos casos no es necesario), podría ser de utilidad para enfrentarse a las limitaciones de este tipo de agresor, que aun siendo responsables de sus actos, no tienen las habilidades suficientes para poder resolver los problemas que puedan surgir en su vida cotidiana. El tratamiento psicológico de un agresor doméstico es posible en la actualidad, dependiendo en gran medida de si el sujeto asume la responsabilidad de sus conductas y dispone de la motivación necesaria para motivar el cambio (Hamberger, Lohr y Gottlieb, 2000).

Una razón para el tratamiento de los agresores, sería el carácter crónico de la violencia contra la mujer. Podríamos estar ante una conducta sobreaprendida por el maltratador, ya consolidada en un elenco de conductas por los beneficios reportados, tales como, sumisión de la mujer, sensación de poder, etc. (Dutton y Golant, 1997). En el caso de producirse una separación, y el sujeto agresor se vuelve a emparejar, se podría predecir, que más allá del enamoramiento que de forma transitoria se pudiere producir, podríamos asistir a una reiteración de las conductas de maltrato sobre la nueva pareja. Es por esto, que para la prevención de futuras víctimas, es necesario o aconsejable el tratamiento psicológico del agresor.

Los tratamientos psicológicos aplicados a agresores domésticos en el hogar, han ofrecido resultados satisfactorios, se ha conseguido la reducción de las conductas de maltrata y evitar una posible reincidencia, mejorando el bienestar para el agresor y para su víctima.

Razones para la intervención psicológica con hombres violentos en el hogar.

Separación de pareja: (Echeburúa, 2004)

  • Riesgo de homicidio contra la ex esposa.
  • Acoso, hostigamiento y reiteración de la violencia.
  • Relación obligada de la mujer con el agresor por diversos vínculos (familiares, económicos, sociales, etc.), que la pone en peligro de ser maltratada.
  • Posibilidad de reincidencia de los malos tratos con otra mujer.

Convivencia con la pareja: (Echeburúa, 2004)

  • Peligro de que el maltrato continúe o de que, si cesó de forma anterior, vuelva a aparecer.
  • Una alta probabilidad de que la violencia se extienda a otros miembros de la familia (hijos, abuelos, etc.)
  • Malestar psicológico del agresor, de la víctima y del resto de la personas que conviven en el hogar familiar.

Motivación para el tratamiento.

La ausencia o falta de reconocimiento del problema, mediante la justificación de un aparente dominio de la situación, pone en dificultad la búsqueda de una posible ayuda terapéutica. Se trata de una actitud que refleja una resistencia a posibles cambios. Aunque en ocasiones, el miedo a la pérdida de la mujer e hijos, así como una pérdida de poder adquisitivo futura, pueden actuar como revulsivo, aunque esto no se considera una motivación adecuada y el compromiso al cambio de conductas resulta escaso y fluctuante (Dutton y Golant, 1997). Por ello, los tratamientos obligatorios, que carezcan de una implicación adecuada por parte del agresor, obtienen resultados muy limitados.

La decisión de acudir a un programa terapéutico es adoptada cuando se cumplen varios requisitos de forma previa:

  • Reconocer que existe un problema.
  • Ser consciente el sujeto de que el problema no lo puede resolver por sí mismo.
  • Valorar que el cambio mejorará el bienestar propio y de su familia.

El agresor, estará motivado cuando se cerciore de que los inconvenientes  del hecho de seguir maltratando son superiores a las ventajas de seguir haciéndolo. Esta será la misión del terapeuta, el que deberá ayudar al agresor a una interpretación correcta de la realidad actual, y saber que tiene soluciones para afrontar el problema.

Se hace necesaria la evaluación en el primer contacto para comprobar el nivel de motivación al cambio, así como para determinar el grado de peligrosidad del mismo. La motivación inicial para el tratamiento del agresor doméstico suele presentarse débil e inestable.

Resulta importante el mantenimiento del tratamiento, ya que las consultas iniciales no garantizan la continuidad en la terapia. Habrá que establecer una relación terapéutica que se base en la confianza, la confidencialidad y un deseo sincero de ayudar por parte del terapeuta. Por lo que deberá persuadir al sujeto sobre las ventajas de un cambio de comportamiento: Como sentirse mejor, aprendizaje del control de emociones, el establecimiento de relaciones de pareja adecuadas, mejora de su autoestima y valoración social. Resulta imprescindible eludir términos como el de maltratado o agresor, por parte del terapeuta.

El objeto de una intervención terapéutica es la consolidación del cambio de conducta a largo plazo. En los primeros meses después de la finalización del tratamiento, suelen tener mayor frecuencia las recaídas. Para la prevención de las recaídas, se tratan distintos elementos o aspectos que aparecen asociados frecuentemente a estas, tales como déficit de autoestima y un consumo abusivo de alcohol y drogas. Para evitar la reincidencia, es necesario aprender a identificar las posibles situaciones de riesgo que puedan generar el descontrol en la conducta y la utilización de estrategias de afrontamiento que sean adecuadas.

Tratamiento del agresor sexual.

Tratamiento cognitivo-conductual.

Estas intervenciones, están basadas en la teoría del aprendizaje social (Bandura, 1986) y en los pensamientos que puedan influir en el comportamiento. Son utilizadas para los delincuente de un modo general, siendo aplicables también al delincuente sexual (Burton y Smith-Darden, 2001).

El objetivo de la terapia, es la modificación de los pensamientos, actitudes y creencias negativas, fomentando un comportamiento adecuado a través del refuerzo (Grossman, Martis, y Fichtner, 1999).

Es necesario para que el tratamiento tenga eficacia, determinar cuáles son las necesidades individuales de los delincuentes sexuales. Por ello, de forma previa al tratamiento debe realizarse una evaluación del riesgo futuro y de las necesidades actuales del sujeto. Dependiendo de los resultados de la evaluación el delincuente será clasificado para recibir un tratamiento adaptado al riesgo y las necesidades del delincuente.

El tratamiento debe estar basado en los siguientes aspectos: Autoestima, distorsiones cognitivas, empatía, intimidad, y apego, estilos de afrontamiento, preferencias sexuales y autogestión. El fin primordial del tratamiento es que el delincuente sexual aprenda el reconocimiento y la reducción del riesgo incidiendo en factores de riesgo dinámicos (capacidad para modificarse).

El papel del terapeuta.

Con el fin de asegurar la eficacia del tratamiento, son importantes los tos procedimientos específicos que se utilicen, además de la relación  establecida entre el sujeto a tratar y el terapeuta. El hecho de elegir un tratamiento con mayor flexibilidad y centrado en el proceso, aporta numerosos beneficios, aumentándose la autoestima de los delincuentes, generando un ambiente unido en el grupo, así como una mayor motivación. Sería necesario encontrar un equilibrio entre proporcionar apoyo, ser directivo, cuestionar y reforzar, con el objeto de ayudar a los delincuentes sexuales, a que acepten su responsabilidad y se orienten a tomar decisiones para hacer cambios positivos sobre su vida.

En conclusión, el enfoque que resulta más efectivo combina el trato respetuoso hacia el delincuente sexual, la motivación a través del refuerzo positivo, el reconocimiento de los puntos fuertes, el desarrollo y la puesta en práctica de metas positivas. La intensidad y duración del tratamiento deben basarse en el riesgo y las necesidades del delincuente sexual, siendo un tratamiento flexible que aporte beneficios al terapeuta, tales como un ambiente terapéutico completo y variado, y menos estresado.

Tratamiento del agresor psicopático.

Hasta el momento, sólo se han realizado dos revisiones sistemática que pondrán en consideración la efectividad del tratamiento que se realice a los delincuentes que padecen psicopatías. En el primero, los autores Garrido, Esteban y Molero (1996), analizan sirviéndose del meta-análisis todos los trabajos publicados en inglés y castellano en el periodo comprendido entre los años 1983-1993, dividiendo los estudios en dos categorías. Siendo la primera el Meta-análisis A, el cual comprendía las investigaciones que comparaban el tratamiento de sujetos psicópatas con el tratamiento de otras entidades diagnósticas (N=34). El segundo, meta-análisis B,  compara los resultados del tratamiento en grupos de psicópatas contratándose con los valores obtenidos en esos grupos de forma previa a la intervención, se trata de un diseño pre-post, sin grupo de control (N=19).

Los autores observaron, que sólo cuatro de los estudios habían utilizado un grupo de control, y pocos utilizaron la medida de reincidencia como variable dependiente de criterio éxito de la intervención.

La segunda revisión sistemática, centrada en los estudios empíricos de  bien diseñados, es realizada por Wong (1998). En eta se descartó a los sujetos menores de 18 años, a los sujetos psicóticos o con CI menor de 70. Una vez empleados criterios exigentes, sólo se encontraron dos estudios aprovechables de un total de 74 que se habían seleccionado. Como conclusión, Wong (1998, 2000), señala que todavía no existía una investigación bien diseñada que permitiese extraer conclusiones acerca del tratamiento de los psicópatas, y que en vez de preguntar si <<es posible tratar con éxito a los psicópatas>>, tenía más sentido preguntar si los psicópatas responden a los tratamientos intentados hasta la fecha.

Diseño de un programa de tratamiento para delincuentes psicópatas.

Como objetivo fundamental se ha de disminuir la frecuencia y la gravedad de la conducta violenta, y no modificar las características de la personalidad. La idea primordial, es considerar que el tratamiento puede modificar el modo de interacción con los otros, pero no cómo amar, ser empático o llegar a sentirse culpable.

El programa debe basarse en una aproximación cognitivo-conductual, en base al modelo de prevención de recaída (Laws, 1989). Resulta útil el empleo modelado y el refuerzo positivo para la enseñanza de conductas y actitudes pro-sociales. Otro tipo de especificaciones a destacar seria el predominio del refuerzo positivo sobre el castigo, contando con profesiones plenamente cualificados y entrenados. Wong, recomienda la realización de evaluaciones actuariales del riesgo antes y después del tratamiento, en los que se incluyan los factores de riesgo dinámicos (actitudes, estilo de vida, amigos, conductas agresivas, abuso de alcohol y drogas).Para la selección de los sujetos con características psicopáticas, se recomienda el uso del PCL-R.

Como conclusión final, con respecto al tratamiento de los psicópatas, aún no se sabe que se puede obtener con estos, esto conlleva a la exigencia  del impulso de esfuerzos  y programas renovados, para que al menos algunos jóvenes psicópatas no se consoliden como psicópatas adultos.

Tratamiento en el sistema penitenciario.

Técnicas individuales y grupales.

Se trata de programas que se dirigen a trabajar directamente con los sujetos (de forma general en formato grupo), con la intención de mejorar las posibilidades de inserción comunitaria la no reincidencia, basándose en los siguientes planteamientos teóricos:

  1. Trastornos emocionales y terapias psicológicas no conductuales. Fundamentado en la creencia de que los delincuentes experimentan problemas emocionales y patologías psicológicas, por lo que debería dirigirse el tratamiento a los citados problemas, que puedan estar más unidos al comportamiento delictivo. Este modelo incluye técnicas basadas en el modelo psicodinámico, en una concepción patológica del crimen, o centrada en la terapia del sujeto.
  1. Déficit educativos e intervención educativa. Gran parte de los delincuentes proceden de ambientes marginales, presentando déficit culturales y educativos, que en parte dificultan una incorporación apropiada a la sociedad. Con el objeto de ayudarles, deben de resolverse los déficit por medio de programas intensivos de educación, capacitación laboral, etc.
  1. Intervenciones cognitivo-conductuales y habilidades de interacción social. Se centran en la necesidad de enseñar a los delincuentes habilidades de conducta y pensamiento, que resultan imprescindibles para la interacción no violenta con otras personas, en distintos contextos, como la familia, el trabajo etc. (Ross y Fabiano, 19856; Ross y Ross, 1995).

Técnicas ambientales e institucionales.

Son programas que operan sobre un ambiente global dentro de las instituciones penitenciarias. Como objetivo de plantean introducir cambios y mejoras en los citados ambientes, con el fin de promover cambios en los comportamientos, actitudes y la valoración de los sujetos internos.

  1. Ambientes institucionales saludables y comunidades terapéuticas. Esta teoría parte desde la perspectiva de que en un contexto participativo y comunitario en los centros penitenciarios y centros de reforma de menores, se favorecerá el equilibrio psicológico de los internos, reduciendo el comportamiento violento, tanto en la estancia dentro del centro penitenciario, como de forma posterior con su puesta en libertad.
  2. Aprendizaje del comportamiento delictivo e intervención conductual. El objeto de estos programas conductuales es la enseñanza de nuevos comportamientos prosociales, los cuales serán incompatibles con los comportamientos delictivos, utilizándose los mismos principios y mecanismos con los que se aprendió a delinquir.

Para concluir, podríamos afirmar, que si se trabaja con los delincuentes de manera sistemática e intensiva, aplicando los programas que se han mostrado efectivos, podrían obtenerse buenos resultados en los diferentes contextos penales. Cuanto más abiertos y comunitarios sean los contextos donde se lleven  cabo los programas, mayor será la oportunidad para que los sujetos puedan practicar en la realidad social las habilidades aprendidas. Pero en el caso de no habérseles enseñado o entrenado de forma previa, resulta prácticamente imposible ponerlas en práctica para la vida social.

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