Polivictimización

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Finkelhor (2007) fue uno de los primeros en utilizar el término polivictimización para designar a aquellas personas que han sufrido múltiples formas de victimizaciones en diferentes episodios, donde predomina la violencia interpersonal; pudiendo generar malestar psicológico de tipo traumático. Este término es relativamente reciente por lo que en la actualidad predominan los estudios en la infancia y/o adolescencia. Ante este nuevo fenómeno, es importante que los profesionales identifiquen las múltiples formas de victimización y  no se centren únicamente en un sólo suceso, de tal forma que se pueda identificar a los menores polivictimizados y a aquellos que tienen riesgo de serlo, además de conocer los factores de riesgo y de protección con los que se podrían diseñar programas de prevención y de tratamiento dirigidos a las necesidades concretas que presenta el menor a causa de la polivictimización sufrida.

Antes de definir el concepto polivictimización, se precisa hablar sobre la victimización, dado que la primera sería el resultado de múltiples formas de victimización que sufren las personas a lo largo de la vida. Por tanto, la victimización es “el proceso por el que una persona sufre, de modo directo o indirecto, daños físicos o psíquicos, derivados de un hecho delictivo o acontecimiento traumático” (Tamarit, 2006, p.32).

Al hablar de polivictimización es necesario mencionar a David Finkelhor (1988) uno de los principales investigadores sobre este tema y sobre la victimización y su relación con el estrés traumático; quien aplica sus conocimientos al ámbito de la infancia y la adolescencia, ámbitos donde reconoce que existen menores que no han experimentado un único suceso traumatizante de forma puntual, sino que las victimizaciones se han convertido en algo continuado y crónico en sus vidas (Clausen y Crittenden, 1991).

De esta forma, la polivictimización queda entendida como “haber experimentado múltiples victimizaciones de diferentes tipos como abuso sexual, abuso físico, la intimidación, y la exposición a la violencia familiar. Esta definición enfatiza tipos diferentes de victimización y no sólo múltiples episodios de la misma clase de victimización” (Finkelhor, Turner, Hamby y Ormrod, 2011). La autora Magdalena Calvo (2013) también define la polivictimización como vivencias durante la infancia de múltiples experiencias de violencia interpersonal distintas, en diferentes episodios; lo que para dicha autora suponen traumas complejos. Estas dos definiciones son similares a las que realiza Van der Kolk (2009; citado en Calvo, 2013, p. 9), quien dice que la victimización “corresponde a la experiencia de eventos traumáticos múltiples, crónicos y prolongados, generalmente de naturaleza interpersonal y ocurridos desde edades tempranas”.

 

Es conveniente, por tanto, señalar la distinción existente entre múltiples tipos de victimización y múltiples episodios de victimización. En el primer caso, las múltiples victimizaciones o polivictimización, hacen referencia a distintos tipos de victimizaciones, como por ejemplo, sufrir maltrato en la infancia y abuso sexual en la adolescencia. Por el contrario, los múltiples episodios de victimización se refieren a la existencia de un único tipo de suceso victimizante que se repite en varios momentos, como por ejemplo, sufrir abuso sexual durante tres años por parte de un profesor, siendo, por tanto, un término más relacionado con la revictimización (Finkelhor et al,, 2011).

Sin embargo, el concepto de polivictimización es relativamente reciente, puesto que a día de hoy aún existen muy pocos estudios que tengan en cuenta el conjunto de victimizaciones sufridas por una persona para estimar el daño psicológico producido; siendo la  línea de investigación general el estudio de un solo tipo de victimización, como por ejemplo maltrato infantil o abuso sexual, que tienen lugar en contextos y bajo situaciones específicas. El problema de este enfoque es que limita las secuelas psicológicas a un único evento victimizante, pudiendo sobreestimar las mismas, al no indagar en la presencia de varios tipos de victimizaciones que podrían estar influyendo en el desarrollo de cuadros clínicos o malestar psicológico general en la víctima, por lo que no se podría explicar el daño psicológico y social basándose sólo en un único hecho victimizante de una persona polivictimizada (Carvajal, González y Quiñones, 2014; Cortez, Contreras y Henriquez, 2018; Cortez y Sanhueza, 2015).

Las consecuencias de los estudios que se basan únicamente en un solo tipo de victimización podrían estar sobreestimando la influencia del suceso victimizante sobre los problemas de salud mental que presenta la víctima. Además, no tendrían en cuenta el efecto acumulativo de las diversas situaciones victimizantes, y no identificarían a personas polivictimizadas, repercutiendo esto en  la aplicación de tratamientos eficaces  y en la prevención (Finkelhor, Ormrod, Turner, 2007), sin determinar la diferencia entre menores que han sufrido un evento traumático único de aquellos para los que la victimización se ha convertido en una condición crónica (Clausen y Crittenden, 1991).

La Victimología del Desarrollo fue propuesta por Finkelhor (2007) y pretende adentrarse en el fenómeno de los niños, niñas y adolescentes politraumatizados, es decir, que han sufrido múltiples tipos de victimizaciones en diferentes episodios a lo largo de su vida.

Esta teoría se genera a partir de una serie de acontecimientos que atraen a los investigadores hacia las diferentes formas de victimización infantil. Entre estos hechos destaca el reconocimiento de la victimización infantil a nivel legislativo y médico, la consideración del menor como sujeto de derechos y no como propiedad o posesión del adulto o institución que legitimaban el uso del castigo como medio disciplinario, y, por último, los derechos internacionales del niño a nivel nacional e internacional, como es el caso de la Convención de los Derechos del Niño de Naciones Unidas en 1989 (Beltrán, Gil y Ferré, 2012).

La Victimología del Desarrollo se basa en el principio de que los menores sufrirían el mismo tipo de victimizaciones que los adultos, pero además, debido a las características inherentes a su desarrollo – que en sí mismas podrían considerarse como factores de riesgo-, se aumentaría la probabilidad de experimentar situaciones de riesgo y, por lo tanto, estarían más expuestos a otros tipos de victimizaciones, situándoles en una posición más vulnerable ante la violencia (Cortez y Sanhueza, 2015). Algunas de las características que menciona Finkelhor (2011; citado en Cortez y Sanhueza, 2015, p.7) son las siguientes:

  • Menores dimensiones y mayor debilidad física.
  • Inexperiencia y estado de dependencia, que puede generar una total confianza hacia el adulto (Finkelhor, Ormrod, Turner y Holt, 2009).
  • Menor cantidad de estrategias de resolución de conflictos, o menor eficacia de las mismas.
  • Menor capacidad de autocontrol, lo que los expone a mayores actividades de riesgo.

También sería importante tener en cuenta la edad y el género de la población de estudio (Finkelhor, 2007), puesto que a mayor edad, las probabilidades de haber sufrido victimizaciones aumentan. Además, varía la tipología delictiva, siendo más habitual encontrar maltrato u otro tipo de violencia ejercida por personas cercanas al menor en la infancia, mientras que en la adolescencia comienzan a producirse mayor número de victimizaciones fuera del hogar y cuyo victimario resulta desconocido para la víctima.  Así,  por ejemplo, un 2% de niños y niñas sufrieron victimización por parte de iguales, mientras que este porcentaje asciende hasta el 63% en adolescentes (Finkelhor et al., 2009). Datos similares se obtienen en cuanto a la victimización por parte de familiares, siendo del 70% en menores de 12 años y del 20% en adolescentes (Finkelhor, 2007). El género también sería otra variable a tener en cuenta. Aunque en los primeros años de la infancia no se dan considerables diferencias entre niños y niñas, a medida que se llega a la adolescencia, la victimización sexual en las niñas y chicas adolescentes aumenta (Finkelhor y Hashima, 2001).

La edad y el sexo además son factores importantes a la hora de analizar el impacto psicológico de la polivictimización en los menores, teniendo en cuenta la etapa evolutiva en la que se encuentran. Por otro lado, se han reportados mayores niveles de sintomatología internalizante en niñas, mientras que en los niños sería mayor la sintomatología externalizante. Los fenómenos suicidas se darían en un 22% de las polivíctimas masculinas, mientras que en el caso de las femeninas, este porcentaje ascendería casi al 50% (Soler, 2014).

Finkelhor (1995) realiza una división de las diferentes formas de victimización que pueden experimentar los menores en la infancia y/o adolescencia. Dichas tipologías no son excluyentes, es decir, un menor puede experimentar al mismo tiempo o en momentos diferentes varios tipos de victimizaciones. Estas victimizaciones se dividirían en tres grupos y formarían la “tipología tripartita simple”: las extraordinarias, las agudas y las pandémicas

Las victimizaciones extraordinarias son aquellas que “les suceden a un número muy reducido de niños, pero atraen mucho la atención -y siempre ha sido así-. Estas victimizaciones incluyen los homicidios, secuestros y violaciones a manos de extraños”. (Millan, García, Hurtado, Morilla y Sepúlveda, 2006, p. 10).

Mientras que las victimizaciones agudas:

(…) son más frecuentes; les pasan a una minoría considerable de niños y cada vez se les presta más atención. Entre ellas figuran el maltrato físico activo, el abandono o negligencia como maltrato físico pasivo o por omisión, el maltrato emocional, el secuestro familiar y el abuso sexual ( Millan et al., 2006, p.10).

Es destacable que “la mayoría de actos violentos [que sufren los menores] son cometidos por personas que forman parte de [su] entorno inmediato” (UNICEF, 2006, p. 7), siendo el 80% de los menores victimizados por adultos cercanos, principalmente por sus cuidadores (Finkelhor y Ormrod, 2000).

Por último, las victimizaciones pandémicas son aquellas que “les ocurren  a la mayoría de los niños en el curso de su desarrollo. Incluyen la agresión a manos de iguales y de hermanos, el castigo físico, el hurto y el vandalismo” (Millan et al., 2006, p.10), siendo especialmente frecuente que se dé en la escuela, en forma de acoso escolar o bullying (Olweus, 1983).

El instrumento JVQ o Juvenile Victimization Questio-nnaire (Hamby, Finkelhor, Ormrod y Turner, 2004) fue creado para identificar a aquellos menores polivictimizados o que se situaban en riesgo de convertirse en polivíctimas (Soler, 2014). Permite obtener información sobre el número y tipo de victimizaciones experimentadas por niños, niñas y adolescentes de entre 8 y 17 años en el último año, aunque hay estudios que también preguntan por victimizaciones sufridas a lo largo de la vida o en los últimos seis meses, como es el caso de la Encuesta Nacional de Victimización del Crimen (NCVS). Este instrumento utiliza un concepto muy amplio de victimización dado que incluye actos que pueden ser considerados delictivos si el victimario es un adulto, y también aquellos que no son considerados delictivos si los perpetra un menor, como por ejemplo golpear a un hermano o compañero de clase (Finkelhor et al., 2007).

El JVQ inicialmente contaba con un total de 34 ítems de respuesta dicotómica que correspondían con las formas de victimizaciones más comunes en la infancia y/o adolescencia, repartidas en cinco[1] áreas o módulos según las características de la victimización, el victimario o el tipo de violencia ejercida. Posteriormente se añadió un nuevo módulo relacionado con la victimización electrónica o a través de internet, siguiendo las recomendaciones del National Survey Of Children´s Exposure to Violence (NatSCEV), por lo que en la actualidad cuenta con 36 ítems (Beltrán et al., 2012). De tal forma que quedan divididas de la siguiente manera (Cortez y Sanhueza, 2015):

  • Victimización por delitos comunes (9 ítems): hurtos, robos, vandalismo, secuestro, amenazas y agresiones.
  • Victimización por parte de los cuidadores (4 ítems): comprende todas las formas de maltrato infantil donde se ejerce violencia física, psicológica o sexual, incluyendo la negligencia, el abandono, el síndrome de Münchhausen por poderes, la explotación laboral o la mendicidad, entre otras.
  • Victimización por pares y/o hermanos (6 ítems): acoso, agresiones físicas, violencia verbal, bullying
  • Victimización sexual (6 ítems): comprenden los abusos sexuales, la agresión sexual y la violación, el exhibicionismo, el acoso sexual, obligar a un menor a visualizar pornografía, prostitución infantil etc., tanto si el victimario es conocido o desconocido para la víctima.
  • Victimización indirecta o exposición a la violencia (9 ítems): en la Victimología se realiza una distinción entre la exposición a la violencia y las víctimas indirectas. Para Holden (2003) la “exposición indirecta a la violencia” consiste en experiencias en las que la víctima es testigo presencial (es decir, a través de sus sentidos es capaz de ver u oír el suceso victimizante), tiene conocimiento del mismo o se ve implicada en episodios reales de violencia ejercida contra otras personas. Se incluirían aquí la exposición a violencia intrafamiliar, exposición a violencia comunitaria, migración, niños o niñas soldado, exposición a tiroteos o terrorismo, ser testigo de asesinatos y la exposición a guerras (Cortez y Sanhueza, 2015).
  • Victimización electrónica (2 ítems): incluye dos tipos de victimizaciones que son, por un lado, la solicitud de favores sexuales a través de las nuevas tecnologías y,  por otro lado. el ciberbullying o acoso escolar ejercido a través de las TIC´s. Si bien es cierto que el ciberbullying podría integrarse dentro de la violencia ejercida por los pares, al igual que el bullying, las redes sociales otorgan unas características propias a este tipo de victimización como son el anonimato, la durabilidad de la información y la rápida transmisión de la misma.

El JVQ permite, por tanto, contabilizar los tipos de victimizaciones más frecuentes sufridas en la infancia y adolescencia y,  a través de la suma de sus 36 ítems permite conocer la polivictimización (o número de victimizaciones experimentadas) de cada niño o adolescente a través de una medida continua de polivictimización. Sin embargo, hay que tener en cuenta que pueden existir episodios individuales donde se dan varios tipos de victimización, como por ejemplo sería el caso de un adolescente al que roban el teléfono móvil y además le propinan un puñetazo, lo que ocasionaría una sobreestimación del número de victimizaciones sufridas. Por este motivo, aunque se den varios tipos de victimización (robo y agresión), si éstas se dan un en solo episodio, el JVQ lo contabiliza como un solo acto victimizante (Finkelhor et al., 2007).

En el estudio realizado por Beltrán et al., (2012) se estimó que el número de victimizaciones que podían ser clasificadas doblemente como suceso victimizante se limitaba al 13% de la muestra.

Este instrumento ha demostrado tener una confiabilidad de 0.82 para victimización en el último año y 0.84 para victimización a lo largo de la vida. Según el área analizada, la confiabilidad va variando, siendo  de 0.64 y 0.70 en delitos comunes, de 0.49 y 0.57 en victimización por cuidadores, de 0.51 y 0.56 en victimizaciones por parte de pares y hermanos, de 0.64 y 0.62 en victimización sexual y de 0.60 y 0.53 en victimización indirecta o exposición a la violencia (Forns, Kirchner, Soler y Paretilla, 2013).

[1] Anteriormente sólo se tenían en cuenta cinco áreas: delitos comunes, victimización por parte de cuidadores, victimización por iguales y/o hermanos,  victimización sexual,  y ser testigo/victimización indirecta

 

No se puede hablar de un perfil de polivíctimas debido a los escasos estudios que a día de hoy existen.  Sin embargo, sí se han observados tipos de victimizaciones que se dan en mayor medida entre los niños, niñas o adolescentes polivictimizados frente a aquellos que han sido victimizados en una única ocasión o han sufrido un menor número de polivictimizaciones. Así, por ejemplo, en el estudio sobre polivictimización en jóvenes catalanes, los menores que pertenecían al grupo de alta polivictimización (12 o más acontecimientos victimizantes diferentes a lo largo de su vida), mostraron como sucesos más asociados a estas: la agresión por discriminación y la agresión con/sin arma en cuanto a delitos comunes; la violencia física y psicológica en relación a la victimización por parte de los cuidadores. Sobre victimización por parte de iguales o hermanos, la mayor asociación se encuentra en el acoso físico; mientras que en el caso de la victimización sexual sería la agresión sexual por victimario adulto desconocido. Por último, en cuanto a la victimización indirecta se ha asociado la polivictimización con haber sido testigo de violencia intrafamiliar hacia los hermanos (Beltrán et al., 2012).

La posible relación entre el trastorno mental y la victimización ha sido estudiada ampliamente en el marco de la Psiquiatría, la Psicología y la Criminología.  Los estudios arrojan datos de interés como, por ejemplo, un mayor número de victimizaciones reportadas por personas con diagnóstico en salud mental frente a población general, dándose además, una mayor prevalencia de victimizaciones consideradas traumáticas en personas diagnosticadas (violencia intrafamiliar, maltrato en la infancia o adolescencia en el hogar, bullying o acoso escolar, agresión o violación, abuso sexual y violencia de pareja) (Choe, Teplin y Abram, 2008; Maniglio, 2009; Loinaz, Echeburúa y Irureta, 2011).

El diagnóstico psiquiátrico puede considerarse como resultado de victimización o polivictimizaciones (Cuevas, Finkelhor, Ormrod y Turner, 2009), pero también puede suponer un factor de riesgo para sufrirlas (Echeburúa, Corral y Amor, 2002). Pero, la  falta de estudios longitudinales impide poder establecer relaciones causales entre la polivictimización y la salud mental.

Los especialistas médicos suelen centrarse en la psicosintomatología como consecuencia de sucesos victimizantes que la persona ha sufrido, dejando de lado, en muchos casos, que los propios síntomas podrían ser factores de riesgo ante la victimización, generando una mayor vulnerabilidad en la persona al limitarse sus capacidades de protección o al aumentar su exposición a situaciones de riesgo.

La Asociación Americana de Psiquiatría (1994) menciona los problemas de atención y la impulsividad en el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, el temperamento y la volatividad en el Trastorno Oposicional Desafiante (ODD) y el embotamiento en el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) como algunos de los síntomas que podrían considerarse como factores de riesgo al aumentar la probabilidad de victimización. Además, los menores con discapacidad -en general-, y psíquica -en particular-, también sufren en mayor medida la victimización  (Olivan-Gonzalo, 2002).

En el estudio llevado a cabo por Cuevas et al. (2009) los resultados obtenidos apuntaron a un mayor número de victimizaciones para aquellos niños con diagnóstico de trastorno mental, siendo la media de sucesos victimizantes de 3,60  frente a 2,21 para aquellos menores sin diagnóstico. Además, también se encontró que los menores con diagnóstico no sólo presentaban mayor número de victimizaciones, sino que éstas eran de diversos tipos, respecto a las categorías expuestas en el JVQ.

La victimización genera, tanto en adultos como en adolescentes y niños, malestar psicológico. Sin embargo, cuando los sucesos victimizantes tienen lugar a edades tempranas donde los menores se encuentran en pleno desarrollo afectivo, cognitivo y social, y la plasticidad neuronal es elevada, los efectos adversos de la victimización generan daños a corto, medio y largo plazo (Finkelhor, Ormrod, Turner, y Hamby, 2005a; Finkelhor et al., 2005b). Algunos de ellos se relacionan con disfunciones en el desarrollo neurofisiológico, problemas en el estado anímico, conductuales y de interrelación, etc. (Putman, 2006).

Las consecuencias de la victimización o polivictimización dependerían de diversos factores que habría que tener en cuenta para realizar un estudio más exhaustivo. Según la Victimología del Desarrollo, se debería prestar atención a variables como la edad (a mayor edad mayor sería el número de jóvenes polivictimizados); el sexo, siendo las mujeres las que registrarían un mayor número de vivencias traumáticas, sobre todo de tipo sexual (Cortez, y Sanhueza, 2015); y la etapa evolutiva donde se produce la polivictimización, dado que los efectos parecen ser diferentes, afectando en la primera infancia al apego, la regulación emocional y el desarrollo cognitivo del menor; mientras que en edades posteriores se ve deteriorada la capacidad de memoria y atención, junto con una dificultad para la regulación de la agresión o incluso un Trauma Complejo del Desarrollo (Herman, 1992). En la adolescencia parece existir mayor presencia de comportamiento antisocial, baja autoestima y dificultad de habilidades sociales (Monahan, King, Shulman, Cauffman y Chassin, 2015).

La exposición reiterada y crónica a edades tempranas de abuso sexual o maltrato en la infancia y/o adolescencia por parte de los cuidadores del menor o personas cercanas a él puede tener graves consecuencias a la hora de que el menor establezca un apego seguro con la figura de cuidado. La conocida como Teoría del Apego fue formulada por Bowlby (1979) y a lo largo de los años, varios autores como Mary Ainsworth (1978) la han desarrollado. Para esta autora, la calidad de apego dependería, por un lado, de la sensibilidad materna, definida como la capacidad para percibir las necesidades del bebé, interpretarlas de forma correcta y llevar a cabo una respuesta coherente ante tales demandas (Ainsworth, Waters y Wall, 1978), y, por otro lado, de la calidad de apego aportado al bebé. Si el apego generado no es seguro, esto afectará de manera negativa al desarrollo del menor y a la imagen que tiene de sí mismo y de los demás, generando problemas en la adultez.

Existirían varios tipos de apego, el seguro y el inseguro. Este último comprendería a su vez el apego evitativo, el ansioso-ambivalente y el desorganizado. El tipo de apego desorganizado es el que se ha relacionado en mayor medida con traumas infantiles no resueltos. La adquisición de un apego desorganizado podría ser la consecuencia de experiencias victimizantes en la infancia caracterizadas por violencia intrafamiliar y maltrato, donde el victimario o victimarios son los cuidadores principales, lo que provoca que sean a la vez figuras de protección y generadoras de miedo, pudiendo causar un comportamiento desorganizado en el menor (Gayá, Molero y Gil, 2014). De tal forma que se generan dificultades en las relaciones interpersonales de la víctima, así como una disfuncionalidad en la regulación emocional ante el estrés (Shore, 2003), pudiendo presentar disociación (Bateman, Fonagy, 2006). A su vez, en los primeros años de vida el apego desorganizado se ha considerado un factor de riesgo para el desarrollo de Trastorno Traumático del Desarrollo, entre cuyos criterios diagnósticos se incluye “la incapacidad para percibir y evitar o defenderse de amenazas […], alteraciones de la capacidad de protegerse y exposiciones a situaciones de riesgo, comportamientos inapropiados de acercamiento y confianza hacia extraños, etc.”, (Van del Kolk, 2005), aspectos que, a su vez, podrían aumentar el riesgo de victimización.

A tenor del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-V), el Trastorno de Estrés Postraumático queda definido como:

(…) una exposición a la muerte, lesión grave o violencia sexual, ya sea real o amenaza [mediante] experiencia directa del suceso(s) traumático(s), presencia directa del suceso(s) ocurrido a otros, conocimiento de que el suceso(s) traumático(s) ha ocurrido a un familiar próximo o a un amigo íntimo, o exposición repetida o extrema a detalles repulsivos del suceso (DSM-V, 2014, p. 162).

 Ante dicho suceso traumático, la persona afectada presenta sintomatología de más de un mes de duración que se caracteriza por la reexperimentación, evitación, activación fisiológica, y alteraciones cognitivas y del estado de ánimo.

En el año 1991 se produce la distinción, por parte de Leonore C.Terr (1991) de lo que se denomina Trauma tipo I – o simple- y Trauma tipo II -o complejo-. El primero respondería al trauma puntual que podría quedar recogido en la definición aportada por el DSM-V, mientras que el Trauma de tipo II o trauma complejo (Van der Kolk, 2009, citado en Calvo, 2013) se relacionaría más con aquellos que tienen lugar de forma crónica y repetidamente a lo largo de la vida y principalmente durante la infancia y /o adolescencia, por lo que los efectos negativos que provoca son mayores. Siguiendo esta idea, la psiquiatra Herman (1992) comienza a utilizar el término Trastorno de Estrés Postraumático Complejo, considerando éste como una derivación del Trastorno de Estrés Postraumático con síntomas de mayor gravedad asociados.

Diversos estudios indican que la polivictimización (distintos sucesos victimizantes que tienen lugar en diferentes episodios) sería mejor predictor de sintomatología postraumática que las víctimas únicas (una victimización de un tipo) e incluso que las víctimas crónicas (un mismo tipo de victimización en múltiples episodios mantenidos en el tiempo), (Shonkoff et al., 2012; Harris, Marques, Oh, Bucci y Cloutier, 2017; Finkelhor et al., 2007; Jackson-Hollis, Joseph y Browne, 2017). La explicación reside en el riesgo acumulativo de sufrir distintos tipos de victimización o convertirse en polivíctima, de tal forma que cada suceso generaría estrés en la persona, el cual se iría acumulando hasta superar su capacidad de afrontamiento y adaptación de la víctima, produciéndose, principalmente, trastornos relacionados con la adaptación al estrés: Trastornos Ansiosos y de Estrés Postraumático (Jackson-Hollis et al., 2017).

La investigación  realizada por Cortez et al. (2018) sobre la polivictimización y sintomatología postraumática en adolescentes chilenos obtuvo resultados que apoyan lo mencionado con anterioridad. La polivictimización sería el mejor predictor de la sintomatología postraumática, explicando el 11% de la varianza, porcentaje superior al que estimarían las categorías individuales de victimización.

Finkelhor et al. (2007) también tuvieron en cuenta las adversidades que habían sufrido los menores y que se habían acumulado a lo largo de su infancia, entre las que se encontraban enfermedades graves, accidentes, encarcelamiento de los padres, desastres naturales, abuso de sustancia por parte de progenitores, conflicto parental o repetir curso en la escuela. Al igual que los resultados expuestos en Cortez et al. (2018), la polivictimización seguía siendo el mejor predictor de sintomatología postraumática, por encima de las adversidades vitales acumuladas en la infancia y/o adolescencia.

En la actualidad no existen criterios estandarizados para definir la polivictimización, lo que ocasiona que los resultados de distintas investigaciones no puedan ser comparados. Esto es debido, por ejemplo, a un mayor o menor número de diferentes tipos de victimización para establecer si se está ante una persona polivictimizada o no. La excesiva especialización de los profesionales de la salud en determinados tipos de victimización podría describir un cuadro clínico incompleto al no contemplar múltiples formas de victimización, limitándose sólo a las más tradicionales, como es el caso de la negligencia o el maltrato en la infancia.

Los profesionales deben indagar sobre una amplia variedad de victimizaciones para identificar a menores polivictimizados o a aquellos que pudieran estar en riesgo de serlo, de tal forma que se pudieran explicar mejor los síntomas psicológicos del menor, atribuidos al efecto acumulativo de las sucesivas victimizaciones y no a un solo tipo de victimización. Esto ayudaría también a la prevención -para evitar nuevos sucesos victimizantes- y a la elaboración de programas de tratamiento y de intervención más eficaces e individualizados orientados a las características de cada menor y a los diferentes tipos de polivictimizaciones sufridas.

Por otro lado, es necesario realizar estudios longitudinales que permitan establecer la relación entre polivictimización y salud mental, siendo de interés para identificar en qué situaciones el malestar psicológico está originado por una o múltiples victimizaciones o si, por el contrario, es el trastorno mental un factor de riesgo para sufrir victimización.

Además, existirían diversas tipologías delictivas o áreas que parecen ser más relevantes en cuanto a la psicosintomatología postraumática como, por ejemplo, la violencia física y/o psicológica por parte de los cuidadores, victimización sexual o testigos de extrema violencia (conflictos bélicos, atentados terroristas, etc.). Por otra parte, se debería tener en cuenta el grado de afectación subjetiva y el nivel de malestar psicológico que manifiesta la víctima, ya que ante el mismo suceso traumático, las personas responden de manera distinta.

Por último, es importante investigar los factores de riesgo así como los de protección y de resiliencia en los menores polivictimizados, de tal forma que identificando los primeros -riesgo- se puedan establecer perfiles de menores polivictimizados, los cuales podrían compartir factores de riesgo entre sí. Conociendo los factores de protección, se podrían realizar programas de prevención centrados en el desarrollo de la autosuficiencia, la autoestima y las estrategias de afrontamiento ante nuevas situaciones de riesgo o estresantes; e incluso, una vez que el menor resulta polivictimizado, se podrían potenciar dichos factores junto con la red socio-familiar, aumentado de este modo las probabilidades de resiliencia.

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